Boleto directo a La Haya

Foto: Caraota Digital

Miguel Ángel Rodríguez

Periodista

Al amanecer del 6 de julio, luego de una semana de terrorismo desnudo y exacerbado por parte del régimen, trato de encontrar algún dato contribuyente y nuevo para disparar un claro análisis, y la portada del diario venezolano 2001 me sirve un buen titular: según Maduro, para llegar a un
acuerdo todos debemos ceder.

Han pasado apenas unas horas desde que en la espuria Asamblea Constituyente se oyó la voz de un orador marinero y de alto rango al servicio de la dictadura, la de Remigio Ceballos, quien al referirse al asesinado capitán de corbeta Acosta Arévalo, acentuó el hecho de que habría estado
conspirando al menos por 10 años.

El representante del régimen madurista ante la Organización de las Naciones Unidas resiente el golpe que a su jefe y a su pandilla acaba de darle el informe de la alta comisionada para los derechos humanos, Michelle Bachelet, y lo califica de parcializado.

Y a esta hora, son seguramente millones y millones de personas las que se abochornan escuchando a criminales hablar de condiciones para llegar a acuerdos, mientras que todas
nuestras miradas se dirigen a la Corte Penal Internacional (CPI), con sede en La Haya.

Ha sido este 5 de Julio un Día de la Independencia en Venezuela sumamente doloroso, en el que no obstante haber gritado al mundo que Nicolás Maduro es responsable de crímenes atroces, Bachelet, quien ya en su informe culmina dándole consejos y recomendaciones a los sanguinarios verdugos, embarra la jornada celebrando las supuestas liberaciones de presos políticos como buenos gestos del tipo al que sigue reconociendo como presidente.

Que conste que no tengo nada contra la expresidenta chilena, pero me saca la piedra que quien haga una buena obra con sus manos termine cogiéndola a patadas. ¡Perdóname Michelle!
La sentencia de Maduro destacada en primera plana de 2001 supone que todos estamos como el jovencito tachirense Rufo Chacón, impedidos de ver.

Pero desprecia el hecho de que antes de aquel fuego antimotín disparado directamente a la cara, tanto Rufo como todos nosotros teníamos claras las razones por las cuales salir determinados a protestar y a conquistar el cambio, así hubiéramos tenido padres chavistas.

Ese nuevo engaño, el de ceder para acordar, no coronará victoria. No estamos ciegos, y con la ayuda de Dios y de los médicos especialistas el muchacho del Táchira volverá a ver con precisión que es con el pueblo unido, y con coraje y ruta definida, como va a ser posible muy pronto el sueño de la libertad, de la prosperidad y del poder vivir en paz en Venezuela.

El almirante Remigio Ceballos me ha resultado el mostrario más claro de lo que el mártir colombiano Jorge Eliécer Gaitán apuntaba con insistencia: la violencia es de los cobardes. Y no crean que meto la pata al ensalzar a un hombre de lucha socialista en el hermano país. Lo cito precisamente para dejar clara mi visión sobre nuestro drama, porque una cosa es ser de derecha
o de izquierda y otra cosa es ser gente proba o ser un criminal.

Este tipo, supuesto compañero de fuerza del sacrificado oficial Acosta Arévalo, hasta se volvió una sopa y titubeó en su discurso, mientras trataba de justificar un cruel y vil asesinato con el hecho de que la víctima estaba conspirando.

Y es difícil no imaginar que aquel temblequeo haya tenido que ver con que sus intestinos le enviaran la orden de entender que si así fuesen los castigos para la sedición, su suerte no tendría cálculo en dolor. Pero tranquilo, impresentable Remigio, nosotros no somos asesinos.

Son de asesinatos, de ejecuciones extrajudiciales, de torturas, de violaciones sexuales, de persecuciones a políticos y a periodistas, de presidios y exilios, de culpas sobre el hambre y la enfermedad no remediada, sobre la tragedia humanitaria, los punzantes elementos inventariados por el informe Bachelet, que bien hace nuestro presidente interino Juan Guaidó en resumirlos por su consecuencia: acaban con el debate sobre la naturaleza del régimen y dejan claro que esto es una dictadura.

De paso, el amague de esa supuesta buena voluntad que advierte la alta comisionada de la ONU, la de liberar presos políticos, resulta también en otra mentira más. El Foro Penal, que siempre grafica el tema como una puerta giratoria, acaba de decir que si bien soltaron a 36, esta semana entraron al terror del presidio político otras 30 víctimas. Y la verdad, a este tiempo, es que ni el periodista Braulio Jatar, ni la exjueza María Lourdes Afiuni recobraron realmente su libertad.

¿En qué carrizo pensará Nicolás Maduro que debamos ceder quienes lo adversamos? ¿A qué acuerdo estará pensando que se puede llegar? Obligados, moral, espiritual y legalmente, no podemos ceder ni un milímetro en la defensa de la vida, de los derechos humanos, en lo que se incluyen el derecho a elegir y el derecho a la paz.

Si lo que propusiera quien se metió a sí mismo en el traje de dictador sanguinario y usurpador del poder presidencial en Venezuela, fuese su retiro y el de sus colaboradores para dar paso a un gobierno de transición y a unas elecciones libres, entonces sería posible escucharle alguna petición, digo yo, si al final tuviéramos que colocar en la balanza aquello, contra la posibilidad de que nuestra gente, nuestros niños, nuestros ancianos, no sigan sentenciados a muerte.

Pero los tiempos consumidos y los hechos acaecidos agravan la suerte de los dictadores. Por más que nos incomoden las luces intermitentes de Michelle Bachelet respecto de Nicolás Maduro, su informe lanza al mundo la obligación de defender a los venezolanos y el compromiso de otras
instituciones, que no pueden seguir en la lentitud de los tiempos diplomáticos mientras la fiera violenta y cruel se sigue deglutiendo a los venezolanos. Fatou Bensouda tiene ahora la pelota caliente en su patio.

Ella es la fiscal de la Corte Penal Internacional, quien sobre el caso venezolano ya tiene causa antigua por conocer, y ahora debería entender que el informe de la alta comisonada de la ONU es, respecto del régimen de Maduro, un boleto directo a La Haya.

Es así, duélale a quien le duela.

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