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    José Torres, el actor maestro, a quien la revolución le provocó un derrame cerebral

    Más de una vez, José Torres –gloria venezolana del arte dramático– ha sido atropellado por gobiernos militares. En 1952, el general Marcos Pérez Jiménez cerró la escuela de teatro donde se formaba; en 2012, el teniente coronel Hugo Chávez incumplió el contrato de comodato del emprendimiento turístico en Playa Grande, provocándole al artista un accidente cerebro vascular. Pero, el actor maestro, protagonista pionero de la telenovela en el país, nunca se ha detenido. A los  95 años, es en sí mismo historia viva de la televisión. Sus memorias actorales apuntan siempre a Tacupay, el personaje que sin arcos ni flechas ganó batallas para imponer respeto en la tribu de Venevision.

    A José Torres, el actor maestro de Venezuela, le sobrevino un accidente cerebro vascular cuando se enteró de que La chocita de Tacupay –su negocio en el sector Playa Grande, abierto desde 1999– sería demolida por el gobierno socialista de Venezuela.

    Aquel día, el más ingrato en su vida de ahora 95 años, fue llevado a la clínica, donde felizmente detuvieron el avance del ACV. Era 2012. Reconoce que antes de ese evento ya su entusiasmo por el presidente Hugo Chávez se había precipitado a la nada. Le había ganado el desánimo por el coronel presidente.

    Tacupay
    Se enfrenta a Eduardo Serrano en Dick Turpin, una miniserie de Venevision del año 1976.

    La percepción política de Torres cambió en 2002 cuando el mandatario con informalidad de jornalero destituyó en cadena televisiva a ejecutivos de Petróleos de Venezuela y se acentuó en 2010 cuando el presidente militar instruyó la orden de “Exprópiese” contra comerciantes establecidos en el edificio La Francia. “Todo eso lo tengo todavía en mi mente”,cuenta desde la terraza de su apartamento frente al mar en las costas guaireñas. Ahí vive desde 1997.

    Tacupay
    José Torres narra el día que fue expropiado: "La gente entró y en solo horas ya no había ni techo". (Foto: Daniela Valentina Leal)

    José Torres observó, también en 2010, dos años antes de su calamidad, la indolencia gubernamental frente a los derechos de Franklin Brito, un productor agrícola que reclamó la propiedad de sus terrenos y quien, pese a su probidad, murió desgastado, esquelético,  consumido en una huelga de hambre ante la mirada de un altanero Chávez. “Eso es imperdonable. ¿Cómo puede uno estar de acuerdo con eso?”.

    No se trataba del mismo Hugo Chávez que había estrechado su mano en el Teatro Teresa Carreño y, una vez más, en el Hotel Caracas Hilton  –luego Hotel Venetur Alba Caracas–  donde un José Torres creyente se sentaba extasiado a escuchar una oralidad que luego supo falsa.

    Ni siquiera podía comparar las acciones del coronel golpista con los atropellos que Torres recuerda haber vivido en 1952, cuando Marcos Pérez Jiménez –el general presidente– le quitó la escuela a su maestro de teatro, el mexicano Jesús Gómez Obregón, tras ser acusado de extranjero comunista.

    Tacupay
    Con la actriz Aurora Mendoza

    El caso es que Torres forjó en el estado Vargas,  junto con Mireya  –la señora de su amor–  un emprendimiento que garantizaría la vejez de ambos. En el pequeño bohío playero, donde se disfrutaba de comidas y de un suave ambiente musical, habían colocado el esfuerzo de cuatro manos. Cuando menos lo esperaba, la revolución chavista determinó que en aquella churuata, bautizada con el nombre de Tacupay, su personaje más memorable, se fabricarían viviendas socialistas.

    El actor no se resistió a la imposición. Solo recordó a los mandamases del estado Vargas el amparo legal que lo protegía hasta el año 2021. “Tampoco cumplieron. Nos dieron 72 horas pero la gente entró y en solo horas ya no había ni techo”.

    Aquella tropelía erosionó tanto su salud que José Torres quedó sin alma, no sabía quién era él, tampoco reconocía a su esposa. Estaba en blanco. El gobernante era Jorge García Carneiro, un militar que inmediatamente fue premiado con la reelección.

    “Nunca me dieron la cara. ´Si quieres te damos una parada de autobús´. Eso me ofrecieron en nombre de García Carneiro. Yo recordé que no vendía periódicos ni cigarrillos ni caramelos ni tarjetas telefónicas. ´Eso es lo que hay´, fue la respuesta. Y así lo resolvieron”.

    A José Torres lo despojaron de su patrimonio económico, pero no de su fortuna artística. Así narra su propia crónica.

    Un actor fundador cuenta la historia

    En Caracas, José Torres se apuntó en el curso de Capacitación Teatral dependiente del ministerio de Educación. Lo dictaba Jesús Gómez Obregón. Era 1950.

    Llegado de México, Gómez Obregón –de formación marxista– traía el conocimiento de Seki Sano, un japonés formado por Stanislavski.

    Tacupay

    Fue la orientación ideológica de Gómez Obregón lo que hizo que el gobierno dictatorial de la Venezuela de 1952 cerrara el curso de formación, dejando sin concluir las aspiraciones de los alumnos Gilberto Pinto, Aura Ochoa, Pedro Marthan y el veinteañero José Torres. “Me da coraje cuando casi nadie del medio sabe quién es Jesús Gómez Obregón”.

    Para suerte de Torres, la televisión venezolana, próxima a establecerse, requería de talentos artísticos. Así que Televisa –el primer canal comercial de televisión–  incorporó al cuarteto de aventajados alumnos.

    De inmediato Torres demostró de qué estaba hecho actoralmente participando en los episodios de la serie Los casos del inspector Nick, escritos por Alfredo Cortina para esa misma planta. Era la televisión en vivo. No se generaban registros audiovisuales.

    Tacupay

    Tras demostrar su valía, fue llamado a protagonizar La criada de la granja, una serie de 15 minutos dirigida por Juan Lamata. Lo acompañaron con igual estatus Aura Ochoa y su amigo Pedro Marthan.

    La telenovela estaba enmarcada en el corte más tradicional, como la mayoría de las historias contadas en aquellos años de 1950. Torres era una suerte de capataz, un pretendiente del amor de una provinciana que se ganaba la vida trabajando el campo.

    Tacupay
    Con el actor italiano Gian María Volonté, en un descanso de la filmación de Cara a Cara, una película de 1967.

     

    De esta forma, se hizo pionero de la televisión en el país. Pro, el cine europeo lo esperaba y en Roma, donde se hizo una celebridad, trabajó con Orson Wells, Lee Van Cleef, Terence Hill, Steve Reeves y Paco Rabal, leyendas de Hollywood y del cine mundial. El artista pasó a ser el pionero latinoamericano del séptimo arte en el viejo continente.

    Reaparece en La mujer prohibida

    Luego de trece años de ausencia, José Torres retornó a Caracas en 1972 en un avión que volaba directo desde Italia. Ya tenía 47 años de edad y cerca de 40 películas filmadas, casi todas en el género wersten. Pero, él no era precisamente un vaquero, sino un soñador atraído por el arte.

    Tacupay

    En ese viaje transoceánico que lo traía de vuelta imaginaba cómo sería verse en la pantalla actuando en un dramático de Venezuela. No es que Torres no haya estado antes en uno. De hecho, la historia lo ubica en 1953 como el protagonista de La criada de la granja, considerada la primera telenovela nacional transmitida por el canal privado Televisa, luego denominado Venevision.

    Sin embargo, ningún proyecto de los realizados en su país –casi una década de trabajo en vivo– quedó grabado. La tecnología del videotape fue posible a partir de 1964 y él se había marchado en 1959 a la conquista del cine europeo.

    Tacupay
    El público se acerca a pedir autógrafos a José Torres por su personaje Juancho en La loba. Detrás aparece un rubio Orlando Urdaneta.

     

    Con su regreso, José Torres aceptaba la invitación formulada por Venevision de participar en la saga La mujer prohibida, precuela de La loba, con la cual se estrenaba el horario de las 9:00 de la noche y comenzaba a contarse la telenovela desde el suspenso psicológico.

    Aquel viaje a Venezuela lo aprovecharía para enderezar sus documentos de identidad y poder nacionalizarse en Italia, donde se casaría al término de su participación en el dramático. El venezolano, lo recuerda él mismo, trabajaba en tierras lejanas con su nombre de cédula: José Torres, y no con el de su partida de nacimiento: José Medina.

    “Me llamo José Caracciolo Torres Medina”

    El episodio personal de doble identidad aún lastima al veterano actor. Se conmueve relatando el esfuerzo que hizo para conquistar el nombre de su padre, a quien, pese a los desencuentros, tiene en su altar de fotografías especiales de su casa.

    Su empeño por obtener el nuevo apellido fue estimulado por la diferencia que hacía su entorno de aquel hijo natural que ahora era famoso.

    Tacupay

    Resulta que cuando estaba con su padre era saludado como el niño del señor Torres, un acaudalado hacendado de San Felipe. Pero, recibía un trato descortés si estaba con su madre, ama de casa valenciana de escasos recursos. Así que volver al país en 1972 significaba también regresar a la ansiedad de su origen.

    Nacido el 4 de junio en la Valencia de 1925, José Torres se fue con su madre y dos hermanos a Tocuyito, movidos por las penurias económicas. Era un niño de 5 años. Desde esa edad quiso ser actor. No supo más de su padre al comenzar su vida y profesión en Caracas.

    Tacupay
    El venezolano recibió en 2015 un homenaje en el Festival Iberoamericano de Huelva, por su contribución al cine (Foto: Andrés Rodríguez)

    Fue en 1973, grabando La loba, cuando alcanzó el apellido anhelado y eso, gracias a la intermediación de su tía Blanca Torres. Ya Venezuela aplaudía la excelencia de su histrionismo. No volvió a Italia, no se nacionalizó, no se casó con su novia europea. Desde entonces pasó a llamarse legalmente José Caracciolo Torres Medina.

    José Torres nunca más pisó RCTV

    Aunque tuvo una actividad incesante, la industria del drama televisivo de principio de 1990 lo estandarizó como un recurso artístico poco aprovechable y, a partir de esa consideración, José Torres peregrinó un período de dificultades.

    Con su espíritu de reinvención, apeló a la sabiduría de sus manos para moldear la arcilla en muñecas de barro que consiguieron la aceptación de un mercado, incluyendo a sus compañeros actores. Durante su formación teatral había aprendido ese oficio y el de diseñador de títeres.

    Tacupay

    Acudía cada domingo al paseo de Los Caobos, entonces una zona de Caracas donde se valoraba la artesanía. Allí explayaba una mesa de metal y esperaba a los entusiastas de su arte. Gustavo Rodríguez, Caridad Canelón, Jean Carlo Simancas y Mimí Lazo –actores como él– celebraban la estética que brotaba de su ingenio. Su producción fue ganando seguidores.

    Mientras mercadeaba su producto, José Torres fue animado a descubrir una técnica japonesa de sanación con las manos. Imbuido en un nuevo entrenamiento espiritual aprendió que el balance de la vida consiste en pedir al universo lo que se necesita pero también ofrecer lo que otro requiera. Se hizo maestro. Me purifiqué a mí mismo y purifico a las personas. Pero, su suerte no llegaba.

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    En 1994, Torres buscó enderezar su destino procurando debutar en Radio Caracas Televisión. Allí trabajaba Julio César Mármol, su amigo escritor. Ambos habían hecho vida artística en Italia y el tiempo en Europa los había acercado en intereses profesionales. Solicitó una oportunidad al guionista.

    Tacupay

    Ingresó así a la telenovela De oro puro, promocionada como el proyecto más ostentoso de la televisión criolla. La gloria actoral venezolana se topó con una realidad triste cuando, para su aflicción, recibió trato de figurante. Su personaje carecía de diálogo y de relevancia para desencadenar alguna trama. En aquel cuento de Mármol basado en hechos sobrenaturales, Torres resultó absolutamente prescindible.

    Tacupay
    Don Pablo, el sacerdote que representó en la película Yo y Dios (1969), su primer protagónico en el cine europeo.

    El rostro del actor aparecía embadurnado con un maquillaje que lo ocultaba del público. Si acaso los trabajadores de RCTV supieron que Torres era parte de la serie. Su participación fue tan minúscula que el crédito de su nombre quedó proscrito de la lista oficial del elenco. Lo consideró un irrespeto. Reprochó en su mente: Yo no soy Marlon Brando, pero esta gente sabe de dónde vengo”.

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    La producción dramática, que tuvo a la actriz Flor Núñez como figura central, no contó con la aceptación de la audiencia. Torres nunca más pisó RCTV.

    La doble venganza de Tacupay

    Olvidaba la experiencia en De oro puro ejecutando su labor como directivo de la Casa del artista y creando piezas de artesanía. Cuando parecía que nadie reclamaría su talento y la gente preguntaba si se había retirado, un amigo del ámbito artístico le advirtió que debía estar claro de su caché porque seguramente sería llamado de Venevision, el canal donde había sido actor fundador. Así sucedió. Fue convocado a una conversación con el director Carlos Izquierdo, quien le mencionó un personaje a desarrollar en la telenovela Ka Ina.

    Tacupay

    El rol fue descrito como un aborigen acompañante de una de las protagonistas, que hasta ese momento sería la actriz Amanda Gutiérrez en el papel de Maniña Yerichana. “Cuando me lo definieron yo empecé a asustarme”.

    José Torres, que en la medida de sus posibilidades ha librado una batalla contra los estereotipos, se imaginaba vestido con un taparrabos y matando gente blanca con arcos y flechas. Hasta que el propio Izquierdo especificó que se trataba de un miembro de la nación Yanomami, el grupo étnico de la Venezuela amazónica.

    Supe que podía hacerle una historia como me había enseñado mi querido maestro Jesús Gómez Obregón, el gran director teatral”.

    Leyó la historia, profundizó en la cultura originaria, consultó documentales realizados por la periodista de televisión Martha Rodríguez Miranda y recibió ayuda de la fundación La Salle. En el camino de su exploración encontró en Caracas a una persona que hablaba la lengua yanomami y grabó sonidos que de manera obsesiva escuchaba una y otra vez en los pasillos del canal para asimilarlos cuanto pudiese.

    El escritor César Miguel Rondón se habría quejado porque Torres se pasaba el tiempo con unos audífonos escuchando música en vez de estudiar. Luego se enteró de que el actor estaba abstraído en la cadencia yanomami.

    Enseguida visitó a sus amigos del Teatro Teresa Carreño, quienes diseñaron un postizo para conformar el estilismo del cabello. El personaje quedó construido y él no dejaba de analizarlo y memorizarlo.Tacupay me invadió totalmente.

    “¿Por qué no me pagas el sueldo de Simancas?”

    La primera batalla de Tacupay no fue en la selva del Amazonas sino en la tribu de Venevision. Se produjo todo un intercambio de flechas por la firma del contrato.

    Eran dos civilizaciones enfrentadas por la valía del arte: un ejecutivo y un creativo. A José Torres le exigían visitar diariamente el despacho del director de producción –Arquímedes Rivero– con el pretexto de acordar el caché.

    Tacupay
    José Torres representó a un villano llamado El Diablo en el western italiano 30 Winchester para El Diablo, del año 1965.

     

    En el pujo de las partes, el canal expuso argumentos que fichaban a Torres entre los talentos más económicos. Cansados de forcejear, los ejecutivos establecieron que el sueldo del actor se ubicaría en la escala más baja. El intérprete actoral ya alcanzaba los 70 años de edad.

    Solo por el gusto de provocarlo, un Torres herido recriminó al jerarca de los dramáticos con una pregunta: “¿Por qué no me pagas el sueldo de Simancas?” Dicen que los gritos de Rivero atravesaron los decorados de Venevision y retumbaron en el cielo.

    Sabía que no obtendría los honorarios de su amigo Jean Carlo Simancas, el verdadero protagonista de la historia junto con Viviana Gibelli; pero, le resultaba grosera la mirada que sobre él tenía Arquímedes Rivero para restarle méritos y privilegios.

    Entre ´manda a decirle que venga mañana y manda a decirle que está muy ocupado´ pasaron más de quince días. Decidió abandonar el proyecto. “No vuelvo más”, se prometió en vano.

    Comprendiendo aquello, Carlos Izquierdo le preguntó si había ocurrido algo con el acuerdo de pago y Torres expuso los detalles de la intransigencia. Al día siguiente, fue llamado por un comprensivo César Miguel Rondón. Tacupay pasó a formar parte de la lista más privilegiada de Ka Ina.No quedé en el nivel de Jean Carlo pero tampoco quedé desfavorecido”. Se ríe.

    Y José Torres vuelve a ser una celebridad

    Puesta en pantalla Ka Ina, en enero de 1995, Tacupay resultó el juego y el disfraz más demandados por los niños durante el carnaval de aquel febrero. Su peinado tribal se reacomodó en el uso de algunos venezolanos. José Torres estaba de regreso, en lo más alto de la fama. Había conquistado para siempre el corazón de Venezuela. Nadie resultó indiferente a la monumentalidad de su interpretación.

    Tacupay

    Una vez de visita en casa de familiares, en Valencia, el actor comenzó a ser visto por vecinos con la curiosidad de los impertinentes y al bajar del vehículo más de uno pronunció con asombro: `¡Mira, hasta maneja!´.

    Parte del país no asumió que se trataba de un actor sino de un yanomami sacado del Amazonas directo al set sin conocimiento alguno de modernidad.

    Cierto es que al iniciarse el personaje, Tacupay nació con un nivel de exposición discreta. En los ángulos de cámaras se trataba en segundo plano, escondidito, sin hacer sombra, casi como parte de los enseres de la composición visual del escenario. Fue así hasta que el actor comenzó a presentar lo que por semanas había esquematizado, entonces su presencia obtuvo la notoriedad que merecía.

    Tacupay
    Con el actor Bienvenido Roca en Trampa inocente, una película venezolana de 1978, dirigida por Oziel Rodríguez.

     

    Su dimensión fue tan poderosa que al pasar de los años se ha transformado en un recuerdo eterno del país. Tacupay tiene la belleza de la nostalgia. No todos los actores en Venezuela pueden presumir de tener en su hoja de trabajo una caracterización de la envergadura emocional de un personaje que escapa del texto para acentuarse en los sentimientos. Un ser de introspección absoluta que se encumbra en la mayor tristeza de la audiencia cuando muere cruzado por un puñal lanzado por su dueña Maniña Yerichana. Yo sí creo que merecía ese final. Fue su sacrificio por amor y por amor uno se sacrifica”.

    Cuando me preguntan si Ka Ina hubiese sido diferente con Amanda Gutiérrez, como estaba previsto, no lo sé. Yo admiro mucho a Amanda, trabajé con ella en Ifigenia, pero Hilda es una bendición en mi carrera. Creo que supimos transmitir un sentimiento de pureza con Maniña y Tacupay”.

    Cuenta que, desde el principio, Hilda Abrahamz se mostró ganada a alcanzar la excelencia. Había sustituido a Amanda Gutiérrez, quien se había convertido en una suerte de tótem actoral con su rol en La dueña, telenovela escrita por José Ignacio Cabrujas y Julio César Mármol para Venezolana de Televisión en 1984.

    El mismo Rondón llegó a contar que cuando mencionaron el nombre de Hilda Abrahamz pidió verla. La actriz llegaba de unas vacaciones por Europa y al entrar a su oficina de Venevision, con la piel cobriza y la exuberancia de 35 años, supo que Maniña Yerichana se le había aparecido en carne y hueso. 

    Una vida de 95 años

    José Torres ha sufrido el caos de un país que no le ha garantizado calidad de vida. La falta de servicio público de electricidad, acentuada con apagones desde el mes de marzo de 2019, lo ha obligado a sus 95 años de edad a subir y bajar 12 pisos para salir a la calle y surtirse de alimentos y de agua.

    “Yo me cuido, no tomo, no fumo, bajo a la playa sin exponerme a la fatiga que me causa el sol, pero lo importante es hacer contacto con la naturaleza, controlo mi condición de hipertenso con unas pastillas que traigo de mis viajes a Italia".

    Observa con atención los recetarios médicos. Así que consume vitaminas, Omega 3, pastillas para repotenciar la salud de su memoria. Sus comidas están provistas de verduras, frutas y pescado en abundancia. Evita en lo posibles las carnes rojas.

    “De verdad no me doy cuenta de mi edad porque hago cosas que no debo hacer como montar en escaleras y hasta ahora no he sufrido fracturas de huesos”.

    También conduce su camioneta y desafía su vitalidad mental intentando alcanzar el avance de las tecnologías. José Torres escanea sus fotos cuando algún medio solicita materiales, escribe sus correos electrónicos y administra sus redes sociales ayudado desde España por Arlette Torres, su hija actriz.

    “Yo le agradezco mucho a España pero sobre todo a Italia, en Italia viví los años más bellos de mi vida, no los cambio por otros, hice lo que quería, soñé, no me sentí extranjero, fui bien tratado”.

    Tacupay
    El buen estado de ánimo ha sido clave para la longevidad feliz de José Torres. (Foto: Andrés Rodríguez)

    Ha modificado su hábito de caminar en las áreas indicadas de su conjunto residencial. Ahora lo hace en el pasillo, repitiendo un ciclo durante 20 minutos un espacio reducido. Así garantiza su felicidad. La sonrisota permanente en su cara no se la quita revolución alguna.

     

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