Malandraje regado por todas partes

Uno entiende que la fase de juicio oral y público, es porque por públic se entiende que cualquier persona puede entrar a la audiencia de juicio y  mucho más cuando se trata de una representación diplomática. 

Luego de 15 meses de privación arbitraria de libertad, proceso que incluso ha sido reclamado por la mismísima Organización de las Naciones Unidas (ONU), nuestro hermano de luchas, el diputado Juan Guaidó, junto a un número de imputados en el caso del presunto magnicidio preparado contra Nicolás Maduro, llegó al fin, al inicio de un juicio cuya tortuosidad puede ser de hasta un año.

El proceso fue suspendido finalmente, pero es, quizás, de lo más novedoso del día: representantes de los gobiernos de varios países, y además, la representante de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelette,  se apersonaron en el palacio de justicia, pero no los dejaron entrar y, literalmente, les tiraron la puerta en la cara, repito, en el inicio de un juicio oral y público.

Esto me recuerda a cuando, siendo diputado, junto a otros colegas conformamos una comisión de veeduría del juicio al narcotraficante Wallid Makled.  

La norma establece que el único impedimento para que uno asista a una audiencia de juicio es la incapacidad de espacio, es decir, pues que uno no quepa en la sala, y, en aquella ocasión, por más que yo llegara tempranito a tribunales, el juez daba por copada la sala. Casi tenía las sillas reservadas para que nuestra comisión jamás pudiera ser testigo del proceso contra uno de los más claros ejemplos de vinculación del narcotráfico con altas esferas civiles y militares que el mismo Wallid Makled había sindicado como sus nexos directos.

En esta fecha, supone uno, no será del agrado del régimen que se sepa, hasta cuánto se podría demostrar ante los ojos de testigos internacionales, los niveles de abuso, de carencia o de forjamiento de elementos o pruebas, e incluso de extremos de torturas y tratos crueles contra un grupo que a juzgar por Maduro, perpetró el magnicidio, pero sin matar al jefe de estado.

Mientras a esta hora recogen las sillas de la sala en la que se difirió el inicio del juicio oral, por una actitud que no pocos podrán calificar de malandraje judicial contra la oposición venezolana:  otro cruento cuento nos sacude, y tiene que ver con malandros de otro pelaje que han acabado con la vida de otro grupo de personas en el sur de Venezuela.

La matanza de Ikabarú es reseñada por medios internacionales, cuentan el reflejo del cómo grupos delincuenciales en los que, presuntamente, se inscriben funcionarios de cuerpos a las órdenes de Nicolás Maduro. Estos llegan al extremo de masacres por hacerse de las minas de oro, en el arco minero, que además es el ecocidio más aborrecible contra Venezuela y contra uno de los pulmones más importantes del planeta.

Malandraje a sus anchas, matando y llenando alforjas con oro y otros materiales valiosos para mafias, para llevarlos a otros destinos, para nutrir de mayor violencia, según apuntan analistas de lo que ocurre en el continente, las fatídicas brisas revolucionarias.

Así, de esas brisas, van surgiendo realidades, como las que están detrás de la deportación de 60 personas de origen venezolano, infiltradas en un plan de protesta contra el presidente Iván Duque. Desde el 21 de noviembre comenzó a verse, por ultrajes salvajes contra varias ciudades, urbanismos, complejos comerciales y sedes políticas de Colombia, como era verdad aquello de que el Foro de Sao Paolo le puso el ojo a Colombia y cómo sí hay plata para incendiar a los vecinos y quitar atención en la carraplana, que en este caso y en este tiempo sufre Nicolás Maduro.

Plata, oro, cuánto quieran para el mal... Malandraje pues, o cómo llamar lo que sucede, mientras que puertas adentro sigue sin atenderse el problema vital de los venezolanos.

Un botón de cierre: Medio cartón de huevos y un kg de plátano, es lo que puede comprar un pensionado con lo que le están pagando mensualmente. Así es el testimonio que recogió la periodista jamile jimenez en el Táchira los propios pensionados. Mientras ayer, le cantaban a Maduro y le morisqueteaban a Maduro, una pila de muchachos que a altísimo costo se pegaron una rumba, en algo que clausuraron y que se llamó congreso internacional de juventudes.

El malandraje, regado por todas partes.

Es la pura verdad duélale a quien le duela.

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