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    "Díganme cuánto me queda de vida": este joven lucha contra una enfermedad en plena pandemia

    El Tiempo de Colombia cuenta que Ángelo Romero no sentía nada. Ni tristeza, rabia o dolor. Estaba en el limbo y su único pensamiento era que se iba a morir. Su única súplica era que le dijeran cuánto tiempo le quedaba de vida.

    Era marzo de 2020 y este bogotano de 31 años estaba en un hospital en Brisbane, Australia, esperando una respuesta.

    La ciudad, capital del estado de Queensland, había decretado cuarentena por cuenta de la pandemia del Covid-19 y coincidentemente por esos días la muerte tocó la puerta de Nolberto, a quien le dicen Ángelo de cariño.

    Unos días antes de terminar en un hospital, el colombiano se había quedado sin trabajo, pues en el restaurante donde trabajaba no sabían cómo los iba a afectar la cuarentena. Sin embargo, lo del empleo lo había tomado con calma, pues podía vivir algunas semanas gracias a sus ahorros.

    Como había escuchado que a quienes tenían buenas defensas el coronavirus no los afectaba tanto, decidió hacerse unos exámenes para sentirse tranquilo.

    Eran unos exámenes de rutina “más por el covid, como por estar un pasito adelante, estar con vitaminas, estar bien”, dice Romero.

    Pero 12 horas después de practicarse los exámenes, y mientras hacía el mercado para pasar la cuarentena, Ángelo recibió una llamada que jamás pensó recibir y que lo hizo pensar que la muerte le estaba hablando al oído.

    La vida lejos de casa

    Nolberto Romero se fue de su casa cuando tenía 16 años a cumplir sus sueños. Quería ser chef, así que viajó estudiar a Argentina, donde vivió durante cuatro años, se convirtió en chef profesional e, incluso, trabajó en reconocidos restaurantes.

    Tras cuatro años en el país porteño se trasladó a Brasil, donde estuvo casi dos años trabajando como jefe de cocina en un restaurante.

    Aunque para esa época ya sabía que su vida estaba por fuera del país, decidió regresar a Colombia. Le hacía falta su familia, así que planeó estar un año en Bogotá.

    Pero cuando ya tenía todo listo para vivir una nueva aventura -su destino era Estados Unidos después de viajar por el Caribe- a su familia llegó el cáncer.

    Y yo decía: mierda, me voy a morir. Dije, bueno, dígame cuánto me queda de vida, porque como todos llegaban con esa cara de que lo sentían

    Su madre fue diagnosticada con mieloma múltiple -el mismo que padecía el humorista Hassam- y eso le cambió todos los planes.

    “Pues nada, dije: me tengo que quedar, tengo que estar aquí con mi mamá”, comenta Ángelo, y agrega que en ese momento les dijo a sus dos hermanos que siguieran trabajando que él acompañaría a su madre durante su enfermedad.

    En el tiempo en que su madre estuvo con el cáncer él trabajó desde su casa vendiendo pastas artesanales a sus amigos y a restaurantes.

    “Estaba en la casa acompañando a mi mamá y estaba trabajando. Creo que esa fue una de las fortalezas que tuve en este tiempo. Haber vivido esa experiencia con mi mamá me ayudó a ser más fuerte, a entender un poco el cáncer. Mi mamá sí falleció, estuvo dos años en tratamiento”, cuenta Romero.

    Cuando su madre falleció tenía 24 años y decidió quedarse acompañando a su padre. Fueron dos años en los que trabajó en buenos restaurantes como chef, pero dice que lo suyo no es vivir en Colombia, y menos en una ciudad tan dura como Bogotá.

    Así que comenzó a armar maleta para volverse a ir. Exploró varios lugares, como Canadá e Inglaterra. Su elección fue Australia, pues es un país donde se practica mucho deporte, hay una gran calidad de vida y oportunidades laborales.

    Al llegar comenzó a estudiar inglés y a trabajar. Incluso hizo parte de uno de los mejores restaurantes italianos de Brisbane.

    De la vida a comienzos de este año no se quejaba. Llevaba cuatro años en Australia, tenía un buen trabajo, practicaba deportes como skate y surf, estaba iniciando una empresa y había comenzado el proceso para obtener la residencia australiana.

    Pero fue en ese momento cuando llegó el covid. Y a él una enfermedad que le cambió todos sus planes.

    Un viejo conocido

    El doctor que revisó sus exámenes lo llamó para decirle que tras evaluar los resultados detectó un desorden sanguíneo.

    “Entonces me dice así, sin nada, de una: Para mí es un diagnóstico de leucemia mieloide aguda”, recuerda el joven. Romero no supo qué pensar. Juraba que era una broma. “Alguien me está haciendo una broma”, se decía a sí mismo.

    Pero la voz de la persona que estaba al otro lado de la línea, que era desconocida, hablaba con toda la seriedad del caso. Siguió explicando el diagnóstico y le pidió al colombiano que se fuera para el hospital esa misma noche, y que no olvidara llevar ropa, porque probablemente lo iban a dejar internado.

    “Y yo como que dije que esto es enserio”, rememora Ángelo, quien estaba atónito porque nunca se le había pasado por la cabeza que estuviera enfermo, ya que no había percibido ningún síntoma de alguna enfermedad grave.

    No obstante, luego habría de recordar que unas semanas atrás tuvo una herida pequeña que se le infectó bastante, pero no le prestó atención. Además, cuando iba al gimnasio su ritmo cardiaco estaba subiendo más de lo normal, pero pensó que se trataba de la bebida que tomaba antes de hacer ejercicio.

    Así que se fue a la casa, dejó el mercado, empacó una maleta y arrancó para el hospital, donde ya lo estaban esperando. Ese día de mitad de marzo, mientras el mundo le declaraba la guerra al covid-19, él comenzó a luchar contra el cáncer.

    La lucha contra el cáncer

    Había pasado su primera noche en el hospital y esa mañana cada doctor que lo visitaba le decía que lo sentía mucho. Era como si no hubiera más posibilidades para Nolberto Romero Olarte, conocido como Ángelo, en esta vida. Era como si en este 2020 se fuera a escribir el último capítulo de su historia.

    “Y yo decía: mierda, me voy a morir. Dije, bueno, dígame cuánto me queda de vida, porque como todos llegaban con esa cara de que lo sentían”, recuerda Ángelo.

    Los doctores estaban casi seguros de que tenía leucemia, pero le explicaron que de igual manera era necesario practicarle una biopsia.

    Mientras los médicos hacían su trabajo, Romero empezó a investigar en internet sobre su enfermedad. Descubrió que había bastantes casos de personas que se habían curado con trasplante de médula ósea y con quimioterapia, entonces se dio cuenta de que no todo estaba perdido y había esperanza.

    Recuerda, como si fuera una señal de lo que iba a ser su destino, que una noche una tía suya le envió un video de una meditación y una oración de sanación. En ese mismo momento la hizo con toda la fe y esos pensamientos de que se iba a morir desaparecieron y su mente comenzó a pensar de manera positiva.

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    “Fue como que sabía que todo iba a estar bien, sabía que me iba a curar”, dice Romero, quien después de pensar que se iba a curar y que no iba a morir, llegó una nueva preocupación a su vida: el dinero para pagar su tratamiento.

    El bogotano conoció el caso de una mujer que murió de cáncer y tuvo problemas con las aseguradoras por el pago del tratamiento y la droga.

    Así que contactó al esposo de la mujer y a una colombiana que estuvo en todo ese proceso para asesorarse. Esta colombiana, Carolina, en palabras de Ángelo resultó ser un ángel.

    Fue ella quien le dijo que no se preocuparan por la plata, que la iban a conseguir. Así que le sugirió hacer un video contando su historia con el objetivo de recaudar fondos.

    “Vengo a pedirles de corazón una ayuda desde su fondo de su corazón que me puedan colaborar (...). Sinceramente pido su ayuda para poder luchar con mi vida”, afirmó Ángelo en un video en Instagram publicado el 15 de abril.

    Para los doctores, lo más recomendable era que Romero se hiciera un trasplante de médula. Este, con recuperación, podría valer unos 200.000 dólares australianos (unos 500 millones de pesos).

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    Hacer ese video le fue de gran ayuda. Este llegó hasta un periodista de ABC News, quien escribió su historia, la cual llegó hasta el ministro de Salud de Queensland, quien se solidarizó con su causa y dijo que los aseguradores tenían que pagar.

    La enfermedad avanzaba y no podían esperar a resolver los problemas económicos. Los doctores le dieron dos opciones de tratamiento a Ángelo: trasplante de médula o hacer quimioterapia y tomar drogas durante un año.

    La primera opción era compleja porque la mayoría de trasplantes llegaban de otros países y con el cierre de fronteras esto podría tardar demasiado. Así que se decidió por la quimioterapia y las pastillas durante un año.

    “Empecé a poner todo en balanza y yo sabía que yo me iba a curar yo mismo con mis pensamientos, con mis oraciones, con mi meditación, porque en ese momento, cuando saqué los videos, me llegaron muchas personas a la vida”, explica Romero.

    Y agrega que todo está en la mente: “Es real, yo ya lo viví en carne propia”.

    Ya con el tratamiento comenzó a sentir excelentes resultados. Además, no tuvo ningún efecto secundario y nunca vomitó ni sintió dolores de cabeza.

    “Hasta los doctores quedaron impactados con mi resultado. El doctor, el último día de quimioterapia, me dice, Ángelo, estás en tu último día de quimioterapia y tú no te sentiste enfermo nunca”, narra el colombiano.

    Su rutina era una semana de quimioterapia intravenosa y dos de pastilla. En total fueron cinco ciclos que terminó hace tres meses y ahora debe tomar por un año cuatro pastillas al día.

    La pelea con la aseguradora no ha sido fácil, pero han respondido. Hasta ahora han pagado tres ciclos de quimioterapia, que equivalen a 100.000 dólares australianos, pero aún está pendiente el pago de 40.000 dólares.

    “Yo estoy agradecido con ellos. Ellos ya han pagado 100.000 dólares y bueno, ahorita les he dicho que me colaboren y que terminen de pagar eso. Y que si me pueden ayudar con el tratamiento que estoy tomando ahora. El primero no fue costoso, el costoso es el que estoy tomando ahorita”, explica Ángelo.

    El tratamiento de las pastillas que está tomando tiene un valor aproximado de 330.000 dólares (unos 800 millones de pesos colombianos).

    Pero este bogotano está tranquilo, pues gracias a los videos que realizó alcanzó a recibir 150.000 dólares australianos en donaciones, los cuales tiene en su cuenta mientras se define cuánto tiene que pagar.

    Pese a esto, está feliz porque le está ganando la batalla al cáncer. Después de la primera quimioterapia le hicieron unos exámenes que arrojaron como resultado la desaparición del cáncer en su sangre, volvió a practicar deporte, reactivó la empresa que tiene con sus amigos y regresó a su trabajo como chef.

    La nueva vida

    Podría decirse que Ángelo Romero le está ganando la batalla al cáncer. Y está a un paso de lograrlo.

    “Tenía la certeza de que me iba a curar. Soy una persona que ha sido muy sana, me he alimentado muy bien, me considero un buen hijo, buen hermano, buen amigo. Siempre he sido muy buena persona y siempre he ayudado mucho a la gente”, cuenta Ángelo desde una playa de Brisbane, una noche de jueves en Colombia y un mediodía de viernes en Australia. De hecho, acababa de salir de surfear.

    Ahora Romero va caminando por ahí más feliz de lo que lo hacía antes. Su vida cambió por completo y disfruta cada instante como si fuera el último, ya que sabe lo que es que la muerte le toque la puerta.

    Durante esos meses de quimioterapia, y de cuarentena, aprovechó el tiempo para entrar al mundo de la meditación e, incluso, se volvió vegano, ya que consideraba necesario limpiar el cuerpo de todos los químicos que estaba ingiriendo.

    De igual forma reactivo el emprendimiento que tiene con unos amigos, llamada Down Under. De hecho, el hospital fue en varias oportunidades la oficina, pues sus socios iban a visitarlo y a organizar todo lo relacionado con su emprendimiento.

    “Era muy chistoso porque ellos iban al hospital y hacíamos las reuniones y las enfermeras se sorprendían. Yo les decía: bienvenidas a mi oficina”, recuerda Ángelo. Mientras sus amigos lavaban los carros, él tomaba las reservas y se comunicaba con los clientes.

    Cuenta que no han recibido mucho dinero, pero está feliz de emprender. “No me importa el dinero. Obviamente hay que pagar cuentas, pero trabajo es porque el trabajo es lindo y lo hago porque me gusta, soy chef y me gusta cocinar”, cuenta el bogotano.

    Ángelo volvió a trabajar en un restaurante y retomará los trámites para obtener la residencia. No sabe si va a vivir toda la vida en Australia, pero sí tiene claro que ese sería una gran opción.

    Lo que sí es seguro es que volverá a Colombia un tiempo, porque a pesar de todos sus males, es el país en el que nació. “Es lo de uno”, explica.

    Romero, quien pensó hace diez meses que se iba a morir, ahora está convencido que su destino es ser feliz. Y no olvida en ayudar a los demás, como un día lo ayudaron a él.

    “Ahora entiendo que la vida es una y es muy corta y sé que cada tiempo de tu vida vale mucho, entonces por eso mi destino final no es el dinero. Mi destino es disfrutar cada día que vivo y estar agradecido con la vida”, concluye el colombiano, que está a punto de ganarle la batalla al cáncer estando a más de 14.000 kilómetros de su hogar. EL TIEMPO.COM

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