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La historia de un joven que utilizó su ira para construir una casa en una cueva

Andrés Cantó es un joven de Alicante, en España, que vive con su familia en La Romana, un pueblo rural de menos de 2.400 habitantes, informó Miami Diario.

Está acostumbrado a las aventuras al aire libre y a salir corriendo por la naturaleza, en esos días difíciles de furia adolescente. El 9 marzo de 2015, Andrés tenía que ir al pueblo cercano a su vivienda. Sus padres le piden que se arregle. Él no quiere. Sus padres le insisten. Él rechaza cambiar su vestimenta y se queda sin salir.

Enojadísimo, corre lejos de casa y va directo a ese lugar olvidado en el que la familia había planificado armar una piscina, pero, sin dinero para realizarlo, ahora solo había un pozo.

A unos metros de aquella excavación que prometía un verano pasado por agua, el chico, que por entonces tenía 15 años, agarró un pico que encontró tirado y se puso a golpear la tierra. “No manejaba muy bien las emociones”, bromeó Andrés al relatar la historia en un hilo viral de Twitter.

Para él era algo así como una terapia. “Es como cuando haces deportes, terminas transpirado y relajado. Después, te das una ducha y estás como nuevo”, contó a Telemadrid, hace unos días cuando su pozo ya lo había hecho famoso en las redes sociales. De modo que esta práctica se volvió habitual en él, una manera de manejar la bronca de una forma “constructiva”.

Pasaron 3 años y con cada arranque de ira el pozo era cada vez más profundo. Fue en 2018 que conoció a su amigo Andreu. “Le comenté lo que quería hacer en el agujero y no tardó en venir todas las tardes con su moto-pico”.

La excavación ahora era compartida, así que en unos meses el agujero en la tierra pasó a tener escaleras. Para seguir bajando, ya necesitaban armarle una estructura y una serie de “cuestiones técnicas” que mantuvieran la aventura en un entorno seguro.

Era tal la cantidad de tierra que sacaban y el esfuerzo físico que les requería que el físico de Andrés empezó a cambiar. “Era como ir al gimnasio”, bromea hoy con las espaldas el doble de anchas de cuando empezó.

Al poco tiempo su amigo Andreu se cansó de cavar, pero Andrés había llegado tan lejos que no podía parar. Con un cincel y su pico empezó a dar forma a una cueva en la que ya se podía entrar bajando unos diez escalones y caminar unos pocos pasos por su interior.

Para el 2019 el joven había construido la primera habitación, a la derecha de la entrada, de su casa subterránea. Se trata de “una buena bóveda de 2 metros”.

Fuente: Miami Diario

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