Un "encuentro privado" en el Vaticano: el papa Francisco bendice la corrupción de Lula (análisis)

Tiene dos condenas por corrupción y siete procesos abiertos y se llama Lula Da Silva. Pero aún así, tiene la solidaridad de Jorge Bergoglio, Francisco, al que Netflix casi beatifica en vida en Los dos papas. Bergoglio y Da Silva, argentino y brasileño, se reunieron esta tarde en la oficina del primero, en el Vaticano, en un “encuentro privado” que duró aproximadamente una hora.

¿Tiene sentido que un papa, por cierto, el primer pontífice latinoamericano, se reúna con un convicto por corrupción, el cáncer que asola a todos los países de esta zona del mundo? Por supuesto que no. Tienen menos sentido, incluso, las fotos que ha divulgado Lula de este “encuentro privado”: Francisco posando una cariñosa bendición sobre la frente de Lula, un cálido apretón de manos entre ambos.

Muy sonrientes los dos. Muy cercanos. Como Raúl Castro y Francisco hace cinco años. Como Maduro (al que estos años le han pegado) y Francisco en 2013. A Francisco le gusta la izquierda. A Francisco le gusta Lula, a pesar de la corrupción, a la que acusó, junto a la desigualdad (cuando no, es de izquierda) de ser responsable de todos los males de Latinoamérica, apenas en enero, ayer, pues. El papa detesta la corrupción, pero bendice a un corrupto comprobado. ¿Curioso, cierto?

A Bergoglio, además, no le gusta Macri. El rostro adusto del pontífice argentino con el para aquel momento primer mandatario de su país (2016) es muy diferente al que tuvo hoy con Lula. Curiosamente, porque Macri no estaba acusado de corrupción. Le molestaba Macri, posiblemente, porque es rico de cuna, es decir, un “ejemplo de desigualdad”. (Busquen. No van a conseguir una sola foto en la que Francisco sonría. Tampoco con Trump, que también es rico de cuna).

Pero la “desigualdad” no ha matado nunca a nadie; Estados Unidos, por ejemplo, es una de las sociedades más desiguales del mundo, y atrae a millones de personas todos los años que quieren vivir allí aún como ilegales. Cuba, por el contrario, es una de las más “iguales”, tal como se ufana en decir el régimen venezolano, y todo el mundo huye de ella.

La corrupción sí mata, como los venezolanos sabemos bien. Y los corruptos, si les dan la oportunidad, matarán, ya no solo por omisión, sino por acción, si alguien les quiere quitar la oportunidad de seguir siendo corruptos, y eso es algo que también sabemos bien los venezolanos… y los argentinos. Y si no, que lo digan los que creen que Alberto Nisman no se suicidó.

La corrupción mata porque resta oportunidades, porque resta fe, porque ensucia la convivencia ciudadana. Mientras más corrupta es la clase política de una sociedad, menor es el nivel de vida de esta sociedad, y eso está en todos los índices sobre corrupción y bienestar.

Y Lula, ese icono de los pobres que terminó enlodándose para tener un penthouse en una playa de Sao Paulo (entre otras causas que incluyen su participación en el gran bazarazo de Odebrecht) es un gran amigo de Francisco, que al bendecirlo, bendice la corrupción latinoamericana que por otro lado dice condenar.

“El amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”, es una de las frases favoritas de San Ignacio de Loyola, el padre de los jesuitas. Ser amigo de Cristina Fernández, de Nicolás Maduro o del propio Lula es una razón muy poderosa para creerle poco a Bergoglio, quien se hace llamar Francisco, y cuya actitud política le ha granjeado el repudio de un continente que en general, está harto de esa izquierda que hace exactamente lo mismo: habla maravillas de los pobres mientras los manipula y los multiplica, y termina apoderada de los hermosos apartamentos de cualquiera de sus balnearios, y además, le echa plomo a los que reclaman por ello.

Qué decepción que el primer papa no europeo de la Historia, y el primero latinoamericano (que no en vano nos llaman “el continente de la fe”) sea este señor.

En serio.

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