Vargas 20 años después: agua con azufre, lo que quedó en Carmen de Uria

Fotos. Amy Torres

“Puro susto y tembladera”, así definió Teófila Rosa de Díaz lo que vivió en Carmen de Uria, Naiguatá, aquel 15 de diciembre de 1999. Ella es un referente, es la voz de Carmen de Uria, a pesar de sus 88 años.

Su memoria está lúcida. De aquellos días recordó que era pura lluvia con mucho viento. “Todo temblaba, porque el río se llevaba todo: los palos, los animales, bastantes casas, a la gente”.

Sobre ese río que arrasó con todo a su paso, insistió en que no era tal. Por eso lo llama volcán. La del 99 fue la cuarta crecida que le tocó vivir, pues ya había sido testigo de las del 48, 49 y la del 51. “Pero esta sí fue fuerte. Eso sonaba como si todo esto se venía para abajo, se sentía feo. Eso fue la madrugada del miércoles (15 de diciembre). Esa madrugada fue que sentimos todo”.

Miguel Elías, vecino de El Tigrillo, también aclara que aquello no era un río. “Era como un volcán que se llevaba todo. Esas casas explotaban cuando el río llegaba, pasa que llegaba un momento en que venía y después se aplacaba otra vez. Y así fue que mucha gente logró salvarse”.

“La gente gritaba, y aunque algunos agarraban hacia los cerros, también los agarró los derrumbes y todas esas cosas”, relató.

En el caso de Teófila, ella temía que el agua también acabara con su vivienda, pero sostuvo que no pudo huir de la zona porque su esposo, Candelario Díaz, estaba grave. Incluso, murió ese 16 de diciembre porque tenía problemas respiratorios. “Ese día sí tuvimos que dejarlo porque la guardia nos mandó a sacar, porque había mucha gente y animales muertos en la zona”.

Díaz contó que fue el sábado cuando finalmente lograron sacar el cuerpo de su esposo, quien fue enterrado en el Cementerio General del Sur, en Caracas.

Sin embargo, recalcó que fue la madrugada del 15 de diciembre cuando se vivió lo peor. “Se escuchaban los gritos de la gente pidiendo auxilio y sonaba mucho todo lo que se venía, los barrancos, sonaban mucho”.

Calculó que habían más de 1.000 cadáveres. “Se fueron familias enteritas. Padre, hijo, nietos, yernos; todo, todo en una sola casa… Como se iba la familia y quedaba uno, se lanzaba también para no quedar solo. Hubo dos que se lanzaron porque se habían ido la mamá, el papá, la señora y los niños. Entonces dijo: yo también”.

20 años después de aquel deslave, en Carmen de Uria sobreviven unas 10 familias. No tienen alumbrado en los postes y el agua que consumen la recogen de la montaña, mientras que lo que queda de calle ahora es usado como botadero de escombros, a pesar de la custodia militar.

Reconoció que solo siente miedo cuando llueve con brisa, pero manifestó que no cree que le pueda pasar algo a su vivienda.

En cuanto a los hechos curiosos de aquel momento, Teófila indicó que por primera vez en su vida logró ver agua con azufre que venía de la montaña. La definió como azulita y dijo que causaba un fuerte picor.

Además, manifestó que aunque ella no ha escuchado ruidos ni voces extrañas, sus hijos sí. “Dicen que se oyen lamentaciones, que se quejaban, gritaban, lloraban. Yo no, pero los hijos míos sí”.

Finalmente, recordó que la idea de ubicar la casa en esa zona alta fue de su esposo, quien -aunque tuvo la oportunidad de tener una gran extensión de terreno en la parte baja de Carmen de Uria- siempre tuvo presente el río y su fuerza. “Él decía que mientras otros se mataban por construir abajo, se mantendría arriba para ver desde allí cómo con la crecida del río iba a acabar con todo y así fue”.

Fotos. Amy Torres

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