Así vivimos la plomazón del Coqui en la Cota 905 (+Fotos impactantes)

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Caracas no te deja de sorprender y hacer periodismo en sus calles se ha convertido en una labor de guerra. Este viernes me desperté con todo el ánimo del mundo para salir a reportar luego de un mes de reposo y terminé a punto de morir en un ataque con armas de alto calibre en la Cota 905.

Eran exactamente las 9:36 de la mañana cuando llegó un mensaje a mi celular. Me avisaban de un tiroteo en la Cota 905 entre una de las bandas más peligrosas del país y funcionarios de la policía científica.

El reporte detallaba que iban dos funcionarios heridos. Desde el lugar pedían apoyo de los grupos tácticos y esperaban por la llegada de vehículos blindados para hacerle frente a los malandros.

La situación ameritaba la cobertura periodística, pero primero había que confirmar. Llamé a un policía que estaba presente en el lugar y al contestar supe la gravedad de lo que se sucedía. En un tono desesperado solo dijo “hermano estoy herido. Me dispararon en la Cota. No te puedo hablar”, y trancó.

Entre algunos periodistas nos pusimos de acuerdo y emprendimos camino en caravana hasta el sitio del tiroteo.

Habíamos acordado llegar a la Plaza Madariaga de El Paraíso, y desde allí informar, pero sabíamos que la noticia estaba arriba en el barrio. Quizás por eso cambiamos el rumbo e ingresamos a la Cota 905 por su avenida principal.

Recorrimos unos cinco kilómetros cuando todo se puso tenso. Rápidamente le indiqué a mi motorizado y socio de anécdotas peligrosas, Daniel Muñoz, «que teníamos que ser cuidadosos». Ese barrio es de respeto, y como dicen por ahí, había que saberse conducir.

Vimos una patrulla devolverse a toda velocidad y eso nos intrigó, pero pensamos que el sitio estaba custodiado y seguimos.

La noción del tiempo se perdió. Lo cierto es que fuimos sorprendidos por delincuentes, que desde los ranchos nos lanzaban ráfagas de disparos.

En Caracas la violencia se ha naturalizado tanto que ya casi todos saben distinguir entre disparos de armas cortas y de fusiles y en definitiva, nos estaban disparando con armas de alto calibre.

Ninguno tenía chalecos ni cascos antibalas, nunca pensamos que terminaríamos en una situación así.

Nadie supo que hacer. Yo vi la muerte cerca y mi motorizado también. Entre el desespero le grité que nos lanzáramos de la moto, pero él decidió acelerar. En mi mente dije “aquí fue”, mientras rodábamos a toda máquina.

Al llegar a un sector conocido como Los Laureles había una curva, donde se escondían un grupo de 10 funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, que también buscaban refugio ante el fuerte ataque de los delincuentes.

Al vernos nos apuntaron. El momento era tan hostil, que para ellos todo era una amenaza, hasta un equipo de periodistas que se trasladaba en tres motos y dos carros.

Todos gritamos que éramos prensa y que no dispararan, hasta la policía pudo habernos matado en ese momento.

Al escucharnos bajaron las armas y buscamos refugio. Por desgracia escogimos el peor. Entramos a un taller mecánico delimitado por paredes no tan altas y cubierto con un techo de zinc, que cualquier bala podía traspasar.

Las detonaciones cesaban por segundos y luego continuaban. Los delincuentes de la banda del Coqui, el Galvis y el Vampi disparaban con fusiles a los funcionarios que se encontraban a menos de 30 metros de nosotros. Vimos a uno de ellos caer herido. Tampoco tenían balas para defenderse de los pistoleros.

Como si no fuese suficiente el nivel de incertidumbre los policías – sin radio – nos pidieron que solicitáramos apoyo. Eso era desconcertante, que la policía tuviera que pedirle a la prensa difundir lo que ocurría y que necesitaban refuerzos.

Eso destruye emocionalmente hasta al más resiliente.

De a ratos yo salía a grabar avances de la situación y volvía a resguardarme. En un momento se escucharon detonaciones fuertes.

Las colegas que estaban en el lugar se desesperaron y rompieron en llanto. Nadie sabía que pasaba.

Al asomarnos vimos que era un blindado de la Brigada de Acciones Especiales (BAE) que llegaba a prestar apoyo. Todos pensamos que era nuestra salida y finalmente así fue.

Pocos minutos después se dejaron de oír disparos, y en una acción rápida abordamos nuestros vehículos y salimos de esa zona de guerra. Eso no fue un operativo policial, eso fue un combate.

El caso

Los hechos se iniciaron a eso de las ocho de la mañana, cuando una comisión de la División de Vehículos del Cicpc buscaba carros robados en una zona de la Cota 905.

Al parecer, en medio del procedimiento los policías fueron emboscados por delincuentes de la banda del Coqui, el Galvis y el Vampi. Fue entonces cuando comenzó el enfrentamiento.

Durante el hecho resultaron heridos dos de los funcionarios, entre ellos el director de la División de Vehículos, comisario Jesús Ramírez, quien recibió un tiro en la pierna.

Junto a Ramírez también cayó herido el detective Moisés Hernández. Él fue alcanzado por un proyectil que le entró por el hombro derecho y salió por la zona maxilar izquierda.

Los delincuentes se enfrentaron a los policías con armas de alto calibre, y aunque a los pocos minutos llegaron más funcionarios para prestar apoyo, el tiroteo no cesó.

En el sitio no hubo apoyo aéreo, que era importante para que los funcionarios pudieran  tener el control de la zona. Solo incursionaron los comandos BAE con dos vehículos blindados.

Durante la refriega resultaron heridos otros dos funcionarios. Uno de ellos identificado como Luis Voller, quien sufrió un disparo en su mano derecha, y Greiber Solano, tiroteado en ambas piernas.

Todos fueron trasladados a una importante clínica privada de Caracas, donde fueron atendidos y estabilizados.

A las 10 de la mañana los directivos del Cicpc dieron una orden que desconcertó a muchos de los funcionarios. Todos debían retirarse de la Cota 905, esto pese a que los delincuentes seguían disparando.

Todos a su despacho, fue la instrucción. Nadie entendió. “Son órdenes de arriba”.

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