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J. M. de los Ríos: un hospital de niños que da miedo (+Fotos)

Desde que llegas a las puertas del hospital J. M. de los Ríos sientes un poco de temor. Si no eres simpatizante del régimen de Nicolás Maduro estarás expuesto a cualquier tipo de riesgo. Lo que debería ser un lugar en el que los niños se sientan cómodos -sea cual sea su condición- parece un hospital sacado de una película de terror.

Puedes aprender a identificar a los colectivos del régimen con solo mirarlos. Ellos son quienes te reciben en el J. M. de los Ríos. Te detallan, escanean con la mirada tus bolsillos. Algunos vendedores informales en las aceras cercanas parecen vigilar también. Al entrar ves a los milicianos y los recuerdas desfilando con sus cajas Clap.

Después de recorrer un pasillo sombrío, iluminado en gran parte por la luz del sol, toca tomar el ascensor. Me sorprendió que funcionara; en pésimo estado, pero aparentemente funcionaba. Un minuto... dos minutos... cinco minutos y aún no bajaba aunque ya habíamos presionado el botón dos veces. Hasta que llegó una enfermera y gritó "¡PLAAANTAAA!", en menos de 30 segundos abrió sus puertas. Sí, hay que gritar para pedir el ascensor.

En el ascensor

Una mujer ligeramente corpulenta, de tez morena y con cara de pocos amigos es quien se encarga de dirigirlo. Su apariencia y un radio transmisor en su cintura pone en duda de qué se ocupa realmente. No está vestida de enfermera, mucho menos de vigilante.

Consulta a qué pisos subiremos, y de una vez pregunta a qué vamos. Queda satisfecha con la respuesta y pone en marcha el ascensor. En mi mente voy haciendo notas de todo lo que he visto en menos de 10 minutos.

Noto que hay un evento en el área oncológica. Veo a los niños con cáncer y siento culpa por todas esas veces que las personas sanas hemos creído que la estamos pasando mal. ¿Tienen idea de cuánto sufre un niño enfermo?

Termino lo que debía hacer, que por obvias razones no voy a aclarar y me dispongo a salir. Tengo la mala suerte de tener pésima memoria, para volver por el mismo camino por donde llegué tendría que dejar migajas de pan como Hansel y Gretel. Por supuesto, no recordaba el camino al ascensor.

En las escaleras

"Son pocos pisos. ¿Qué me podrían refutar si simplemente estoy perdida?", pensé. Comencé a bajar, y sentí el mismo miedo que al entrar mientras caminaba; pasillos solos, áreas sin luz, voces de niños que se escuchaban a lo lejos... En ninguno de los pisos inferiores había alguien. No tuve que ingresar a los peores lugares del hospital para notar la decadencia en la que se encuentra.

Siete niños murieron durante el mes de mayo en el J. M. de los Ríos y con solo entrar entiendes por qué. Así son los centros de salud en Venezuela, dan miedo, no tienen insumos y mueren los pacientes.

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