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Carlos Cruz-Diez, la Libertad y el país que fuimos

Parece cosa de nuestros artistas morir muy mayores y en estado de lucidez extrema. Así les ocurrió, entre otros, a Inocente Carreño, Juan Vicente Torrealba o Jesús Soto, quien, con Carlos Cruz-Diez y Alejandro Otero, compone la Santísima Trinidad del arte cinético, algo que, en otros tiempos, y junto con el petróleo y las misses, nos representaba en la venezolanidad que fuimos, y que hoy duele tanto conjugar en pasado.

Ha muerto el maestro en París, a los 95 años y en pleno proceso de hacer, de crear y de soñar, como en su momento lo hicieron otros grandes: Picasso, Casals o Niemeyer son tres ejemplos.

Siempre tuve para mí al arte cinético como un arte, básicamente, venezolano, dado que tres de sus mayores representantes nacieron en estas tierras.

Y no es casual que Cruz-Diez (quien nos dejó este domingo), como Soto, Otero, Carreño, Torrealba y otros tantos, florecieran artísticamente en un momento en el que la democracia llegaba, de forma estelar, a Venezuela en un continente asolado por dictaduras.Todos son hijos de la modernidad alborozada en la que nuestro país ingresó, un poco atolondradamente (así somos), a mediados del siglo pasado, herederos de la obra de ese otro gran venezolano que se llamó Carlos Raúl Villanueva, que nos dejó una forma venezolana de construir para el trópico que aún es tendencia en el mundo entero; y de la invitación que este hiciera a Alexander Calder para que con sus Nubes hiciera que el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, nuestro espacio más civil en estas horas menguadas de sarna militarista, tuviera una de las cinco mejores acústicas de todo el mundo.

Cruz-Diez no solo fue un símbolo de esa Venezuela democrática, en la que la libertad artística era tan grande que el Estado apoyaba no solo a aquellos que solo pensaban en el arte por el arte, como los cinéticos, sino también a los mediocres “artistas comprometidos”, que hoy, por cierto, y tras haber sobrevivido y medrado gracias a aquella generosa ubre democrática (a la que le exigían los recursos para conspirar contra ella), se la niegan a cualquiera que disienta de sus ideas.

También ha sido el maestro símbolo de estos tiempos oscuros: su Cromointerferencia de Color Aditivo, en Maiquetía, es, por ahora, la imagen de una triste despedida, la visión de unos pies que abandonan la tierra amada porque los echan.

Hasta el abandono de esa obra muestra el inmerecido desprecio que este régimen merecidamente despreciable tiene hacia todo lo que disienta de la cultura oficial; hacia todo lo que en Venezuela sea hermoso, noble y de elevados ideales, en realidad.

La dictadura chavomadurista ha durado tanto, en su milenarismo, que poco a poco nos hemos ido quedando sin referentes. Ese, por supuesto, era uno de sus objetivos, un país vacío de significantes: así se nos fue Manuel Caballero (el intelectual más lúcido en cuanto a lo que esta dictadura significaba como retroceso para el país); así se nos fue Simón Díaz, cantando bajito por las llanuras de Aragua. Así se nos fue Jesús Soto y su melena rebelde, y así se nos fue, también, Cruz-Diez.

Por supuesto, es imposible llenar ese vacío con cultores “oficiales”, porque la cultura es tal solo cuando es un acto de rebeldía, de sublevación a lo establecido. No hay nada más aburrido que el arte oficial. Y porque donde no hay libertad todo se estanca, todo se pudre, nada florece; y donde hubo arte cinético, música, teatro, pintura o cine, solo quedan las arengas de un ignorante sargentón (aunque sea civil) cada tarde en la TV, y aquellos segundones de toda la vida que no llegan a la primera fila ni que hayan eliminado a toda su competencia a punta de convertirse en censores.

Los artistas que le hacen propaganda al chavismo a costa de matar todo lo que los supera (que es casi todo) no pueden llamarse tales. Son los colaboradores de culo lustroso de un régimen que pisotea los derechos humanos. Artista era Cruz-Diez. En su grandeza, no necesitaba apoyo de nadie para gustar, en contraposición con estos burócratas de la cultura, que serán borrados en cuanto el aire de la Libertad vuelva a soplar para elevar las ideas de todos los que hoy ni siquiera se permiten soñar con la creación libre.

Vuela alto, maestro, y que tu Cromatografía sea pronto testigo de las lágrimas felices del retorno de esos venezolanos, en cuanto haya libertad, que es el norte de tu obra, y el elemento natural en el que quiere vivir cualquier ser humano de bien.

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