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Colores políticos

Por Omar Villalba 

Las etiquetas son útiles, pero no deben ser decisivas. En algunas cosas las etiquetas tienen la última palabra, además son útiles. ¿Quieres ver una película a las 11:00 p.m. un viernes? Pues puedes ver una de terror.

¿No te va lo de andar asustándote y viendo bichos feos? Lo tuyo son las explosiones: una película de acción ¿Algo que ver con los chamos? Una infantil o familiar… y así sucesivamente.

Pero hay cuestiones donde las etiquetas no sirven. Sí, hay momentos donde estás hacen más daño que bien ¿Por qué? Pues dan pie a la segregación. Uno de los espacios donde las etiquetas han hecho más daño que bien es la política.

“Eres de izquierda”, “Eres de derecha” son dos expresiones lapidarias, que para algunos dicen mucho del actor político. Para algunos identificarse con uno de esos colores equivale a ser el bueno y el otro el malo. Uno es reaccionario y el otro revolucionario. Uno es totalitario y el otro un liberador. Uno genera riqueza y el otro la desperdicia. Y así sucesivamente hasta el final de los tiempos.

A nivel retórico, este tipo de etiqueta tiene su utilidad ¿Cuál? Nos permite identificar a nuestro adversario y distinguirnos de él. Pero, más allá de este terreno discursivo no. Mientras más nos consolidamos como políticos más dañina se vuelven. El Alcalde, el gobernador, el diputado, el presidente, el controlador, el fiscal, los juegos, son de X o Y tendencia. Cuando esto pasa, ellos dejan de gobernar para todos, y comienzan a hacerlo para los que tienen su mismo color político.

Luego ocurre algo más pernicioso, las personas —con respecto a su relación con estas instituciones— se alejan por el color. “Esta comunidad no va a aceptar nada del alcalde, gobernador, diputado, presidente, porque aquí no somos de izquierda”.  “Es que aquí no somos de izquierda, por eso no nos van a ayudar; por eso no nos van a dar los recuerdos”. Suele escucharse con frecuencia. Y, así, de esa manera la gente renuncia a sus derechos y a la calidad de vida.

Lo expuesto arriba no es una mera entelequia. No es un invento de quien escribe. Es una realidad ineludible. En el caso de nuestro país, es algo que tiene mucho tiempo rodando. “Nuestros gobernantes” se consideran inclusivos, pero lo cierto es que hacen a un lado a aquellos que no usan sus colores, no repiten sus consignas —cuál periquitos—, y no se someten a sus reglas de juego. Pero, del otro lado no son mejores. Allá también la exclusión se ha vuelto la norma. Una salvedad que ha dificultado el acercamiento a las personas.

Lo que significa que  han olvidado esa frase del presidente estadounidense Abraham Lincoln —que dice al final de un discurso que dio en Gettysburg para subir la moral de sus soldados. Frase que la cultura popular hizo de conocimiento público—, que reza: “…Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo…”  en síntesis: el gobierno es de la gente, debe ser ejercido por las personas y para las personas.

Ahora, deben estar preguntándose: ¿Cuál es tu color? ¿Cuál es tu etiqueta? ¿Me vas a decir que no tienes postura alguna? La verdad es que sí. Soy de Centro Vecinal. Soy un ciudadano antes que todo. En mi mente lo importante es el vecino de a pie. El vecino de todos: la comunidad. A mí me da igual la tendencia, el color y lo que repitan. Porque creo que el gobierno debe ser para y por todos.

Creo que la política debe ejercerse con humanidad, transparencia,  solidez, honestidad, compromiso, trabajo, eficiencia, lealtad. En fin, todos los valores que suman. Porque al final del día lo que importa no es que el gobierno sea de un color u otro, tampoco que el gobierno sea el que genere más felicidad para todos —en realidad la felicidad es algo individual y puede variar mucho—, sino que el verdadero Buen Gobierno, es aquel que trae, que aporta, que genera, que da pie a que nazca, crezca y florezca, cual planta, el bienestar.

Bienestar para todos. La mayor suma de bienestar para  todos los ciudadanos. Hecho con esfuerzos y valores, sin distinguir colores, credo, raza, religión o la capacidad de recitar consignas como periquitos. Porque al final del día, eso es lo que todos aquellos que van a mítines, marchas o que vota por X o Y partido esperan a cambio: solución para sus problemas, un bienestar que a la larga se transforme en tranquilidad. En calidad de vida.  Y esa es la finalidad de la Política con P mayúscula.

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