El foro de la violencia y la hipocresía

El perfil del liderazgo
Foto: Caraota Digital

Dirigente democratacristiano

El fin de semana pasado se reunieron en Caracas los representantes del
llamado Foro de Sao Pablo, haciéndolo coincidir con la llamada cumbre de los
Países no Alineados. Una forma de garantizar una presencia mayor de
dirigentes y activistas políticos de los movimientos más radicales de la
obsoleta izquierda latinoamericana, así como de los grupos terroristas
afilados a este sindicato de grupos políticos extremistas.

Los partidos con una presencia de valores democráticos, y con alguna
afinidad por la izquierda en el continente, rehusaron hacerse presente en el
sainete de la trasnochada izquierda borbónica.

No hay duda de que más allá de todas las calificaciones que han surgido en
estos días respecto de este grupo de actores políticos del continente, lo que
caracteriza a este movimiento es la falta de autenticidad de todos sus
integrantes y su genética adscripción a la violencia, inspirados en el dogma
marxista de la lucha de clases, devenido después en organizaciones
dedicadas al crimen.

En efecto, cuando uno los lee o los oye comunicar sus planteamientos, y
aprecia en la práctica todas sus actuaciones, no puede menos que repudiar el
doble discurso, la falta de honestidad intelectual y el vulgar pragmatismo que
les caracteriza.

En efecto, estos visitantes vinieron a hablarnos de “paz”, “justicia social”,
“independencia” e “inclusión” en un país donde sus anfitriones son los
responsables de una cultura de la violencia, de la entrega de nuestra
soberanía política y de nuestro territorio a potencias trascontinentales;
donde, además, sus camaradas son los destructores de una sociedad, que la
desmembraron y arruinaron, creando la mayor masa de desposeídos,
enfermos y hambrientos que hoy conoce América Latina.

Estos personajes del parque jurásico del comunismo latinoamericano vienen
a ofrecernos unas lecciones que ellos no practican. Pero lo más grave es que
vienen a respaldar políticamente a una camarilla política vinculada a

crímenes de lesa humanidad, creadores de un Estado que ha hecho el
aparato de corrupción más descomunal conocido en el hemisferio occidental
en lo que va del presente siglo.

Hablar de ética, de paz, de justicia, inclusión y Estado de derecho en una
reunión como esa, y en este país, en la hora presente, es como colocar a un
prostíbulo como el paradigma de la castidad.

Obviamente el peor despropósito surge de la misma voz de Nicolás Maduro,
cuando llega hasta a calificar como “líderes de paz” a los jefes de la guerrilla
de las FARC de Colombia. Es el mundo al revés. Los violentos y asesinos de
miles y miles de seres humanos son “líderes de paz”. Los demagogos y
populistas son los que garantizan “la justicia social”. Los agentes de Cuba y el
comunismo mundial son garantes de nuestra “independencia”. Los
traficantes de droga son “los hombres nuevos del socialismo del siglo XXI”.
Menester es, por lo tanto, sobre todo en una nación como la venezolana,
recatar el verdadero significado de las palabras y el auténtico contenido de
los conceptos que con tan descarado desparpajo ponen en el papel y
pronuncian en los discursos.

No hacerlo es dejar abierta la puerta para que sectores de nuestra sociedad,
y sobre todo los más jóvenes, terminen confundiendo, en razón de la
realidad, el verdadero sentido de conceptos que para nosotros los
demócratas en general, y muy especialmente para los democratacristianos
en particular, nos son muy caros, y representan un paradigma en la vida
personal y social.

La lucha por la ética en la política y en toda la vida social es un desafío
permanente. El trabajo para superar la pobreza y avanzar en el logro de la
justicia social es un objetivo permanente. La equidad es otro desafío. Si
logramos elevar la ética y avanzar en la justica y en la equidad estamos
garantizando la paz. Ya nos lo marcó con meridiana claridad san Paulo VI en
su encíclica Populorum Progresio. “La justicia es el nuevo nombre de la paz.”
El Foro de Sao Pablo, reunido a expensas del hambre y las necesidades de
nuestro pueblo, es todo lo contrario. Ellos representan la inmoralidad, la muerte, la violencia, la injustica y la destrucción de nuestros pueblos.
Venezuela es su mejor ejemplo.