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EL ÚLTIMO PAPA

Por Asdrúbal Aguiar

Es inexcusable, ante el informe de la ONU sobre la maldad absoluta instalada en Venezuela y el cerco de criminales de lesa humanidad que la mantiene bajo secuestro, no volver a Friedrich Nietzsche y a Hannah Arendt. Solazarnos entre sus libros de nada sirve, pero si permiten entender que es llegado el momento de hacer un alto, de permitirnos los venezolanos un examen de conciencia como nación y preguntarnos ¿cómo fue posible que la «banalización del mal» encontrase asiento propicio entre nosotros?

Personas aparentemente normales han incurrido en actos atroces. Todos son compatriotas, no han sido los invasores que igualmente padecemos. Se trata de personas cuyos rostros no muestran signos de culpabilidad. Y muchos otros junto a estas, coludidas, asociadas, subordinadas, probablemente consideran que su hacer es apenas un “grano de arena” trivial e insignificante, que ni compromete ni modifica un panorama social dantesco que, al término, es la obra de «los de arriba», de los enchufados, de los jefes, del régimen y de nadie más.

Regreso a Arendt pues en sus crónicas para la revista New Yorker (1961) sobre el caso de Adolf Eichmann, arquitecto del Holocausto, da cuenta de los sistemas que a unos hombres como tantos otros, corrientes y con cara de buenos, los lleva a comportarse como monstruos y enfermos. Se aceptan como simples marionetas u operadores o burócratas de un destino fatal: «Qué más da lo que yo hago si no tiene importancia…», es el razonamiento del común.

Releo, además, Así habló Zaratustra – el libro que Fidel Castro obsequia a Hugo Chávez para que desgrane sus últimas horas de vida en La Habana – pues allí narra Nietzsche la experiencia de un mundo en el que Dios ha muerto, en el que todo vale. “Yo he servido a ese viejo Dios hasta su última hora”, reza el texto y cuenta que también ha muerto el más piadoso de los hombres, un eremita dentro del bosque a quien el último Papa buscaba, pues “alababa constantemente a su Dios cantando y gruñendo”.

No transcurre la semana actual sin que los observadores europeos y actores internos sólo piensen en realizar unas elecciones en Venezuela, en medio de la nada humana. El amargo sabor colectivo que deja la «sentencia» con las conclusiones de los enviados por Naciones Unidas para documentar torturas, violaciones sexuales de prisioneros políticos civiles y militares, asesinatos arbitrarios, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales de miles de nuestros compatriotas sin antecedentes, es, para aquellos, noticia de circunstancia. Se sobreponen las urgencias. La normalización de la maldad sería el precio a pagar para la normalización de la economía.

Viene al caso, así y por ser de valor universal, la prevención que nos lega el Papa Ratzinger, emérito, al recordar ante parlamento alemán la experiencia trágica que vivió su patria y por extensión la Humanidad desde el momento en que “el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo”.

Después de insistir en la importancia de que el político, sin mengua de que luche por tener éxito y la posibilidad de una acción política efectiva, sepa discernir según los criterios de la justicia, le preocupa a Benedicto XVI que las certidumbres se estén perdiendo. Observa preocupado que le urge a los políticos pedir como el rey Salomón lo que comienza a faltarles, permitiendo que se entronice otra vez la incultura de la muerte y el relativismo moral: “Un corazón dócil, que sepa juzgar al pueblo y distinguir entre el bien y el mal” (Libro de los Reyes).

En una circunstancia “en que el hombre adquiere un poder inusitado por obra de la revolución tecnológica y digital, al punto de que se puede manipular a sí mismo: “puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos”, ¿cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente” se pregunta el Papa jubilado. Durante dos mil años lo han sabido, dice, quienes facilitaron el encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma: entre quienes lograron sumar la fe en el Dios de Israel sin darle rienda suelta a Estados religiosos con la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de los romanos. Lo entendieron los pueblos, sobre ese legado, al momento de superar la tragedia del régimen nazista, pues la injusticia era escándalo en la experiencia, no una simple norma que la predicase.

Como lo admite Ratzinger en 2011, esto no parece ser tan claro para las decisiones de un político que todo lo resuelve con base al criterio de las mayorías circunstanciales y el voto.

Mientras las generaciones del presente se debaten en cuanto a servir a los datos objetivos y las leyes funcionales de causa y efecto: la de las plataformas digitales o las de la Naturaleza como suerte Pacha Mama, y asegurándose, eso sí, que sus subjetividades arbitrarias e individuales se respeten sin costo alguno, obviamente que las palabras trascendencia, esencia, deber ser, dignidad, naturaleza, responsabilidad, razón humana, justicia, quedan de lado como cosas extrañas, como añejos sólidos culturales propios de moralistas o religiones declinantes.

He aquí, pues, lo relevante. O hacemos un alto para redescubrir nuestros valores fundantes de nación a la luz de los conceptos de naturaleza y razón humanas reconocidos en 1811, atando al ser con el deber ser, al mundo objetivo con lo subjetivo, o el integrismo globalista nos cosificará. Nos volverá números aislados y prescindibles, como ya comenzamos a serlo con el «distanciamiento social». La resistencia contra el nazismo sólo pudo sostenerse y dejó ejemplaridad al mundo una vez como descubre que, si bien las leyes impuestas eran derecho vigente y formal, siendo injustas e inmorales, contrarias a la razón de Humanidad, mal podían aceptarlas.

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