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En busca de un mundo cotidiano perdido

Por Amos Smith 

Yo todavía recuerdo y quiero que lo sepan que alguna vez un salario mínimo se podía estirar mucho más allá de una ahora inalcanzable cesta básica. No es mi intención convertir este artículo en un rinconcito de lamentaciones, pero es muy necesario que en los tiempos más oscuros de nuestra historia mantengamos en la memoria que tuvimos una vida normal.

Quiero escribirles que la vida es mucho más que este sálvese quién pueda, que la angustia que se huele cada vez que uno sale a la calle, que esa vida extraviada en las colas de gasolina, de pensiones miserables, de bombonas de gas y oxígeno, de cajas de comidas con marcas desconocidas no merecen ser el desaguadero de nuestra existencia.

Y como dice Daniel Santos el inquieto anacobero. Recordar es vivir. Cada uno de nosotros tiene lo suyo y eso es algo inexpropiable.

Cuando estábamos en las agendas de los grandes artistas del mundo y con mis amigos hacíamos las peregrinaciones al Poliedro de Caracas.

Los grandes festivales de teatro y la frase de un director muy querido que me solía decir. "Si eres una persona decente tienes que ir al teatro". Así que aprovecho para recomendarles que vayan los fines flexibles al Trasnocho para que sientan un poquito de esa decencia extraviada.

Esos lunes de Radio Rochela cuando la gente se burlaba de los gobernantes y no al revés como en estos días.

Un país subyugado por los protagonistas de novelas como muy bien lo describe y nos recuerda mi pana Néstor Llabanero en su página magnífica Iconos Rotos.

Esos flamantes festivales de cine nacional en Mérida donde llegue a ver cómo jurado al director francogriego Konstantinos Costa Gavras, para mí el maestro del thriller político, con obras como Z, Estado de Sitio y Desaparecido. Lo recuerdo pasando a mi lado en un multicine merideño y yo un imberbe estudiante de periodismo, presumiéndole a una amiga diciéndole. "Allí va mi alumno Costa Gavras". Él me escucha y se voltea y me pregunta a mi ignorante de su perfecto español. "Maestro puede decirme en qué sala están pasando Pequeña Revancha".

Ni les cuento de lo liberador que era ir a un supermercado. Era un escape colectivo para distraerse del inofensivo estrés de la cotidianidad.

Yo sé que ahora basta meterse en un teléfono para enterarse o despistarse de todo lo que nos sucede, pero sigo extrañando esos domingos de largos cafés cargando con toda la prensa nacional impresa encima.

Yo no veo a este país como lo ven los anti todos guerreros del teclado, los que dicen que no queda nada de aquella Venezuela de los mejores tiempos, porque esta pandemia del conformismo quiere resetear nuestra historia. No solo la de tiempos lejanos, sino la reciente, para extinguir una calidad de vida que innegablemente alguna vez tuvimos. Por eso abogo por los corazones tercos que alimentan la solidaridad en medio de este inmenso rompecabezas nacional.

Que este largo y tortuoso camino nunca te haga olvidar lo que eres, lo que sientes y lo que quieres.

Hoy los padres de este desmadre quieren ser a juro los buenos de la película de terror que ellos dirigen y por eso quieren criminalizar las ONG (Organizaciones No Gubernamentales). Respeto con toda mi alma a esos seres, muchas veces anónimos que reparten comidas, ropas y medicinas a nuestros venezolanos más vulnerables. A quienes reparten la ilusión de un juguete a un niño de nuestra pobreza extrema. Recuerdo un documental dónde el exlanzador cubano de los Medias Rojas de Boston, Luis Tiant regresa a La Habana después de muchos años de ausencia y que lo que más le llama la atención es que no hay jugueterías en el auge de la revolución cubana. Para mí eso encierra toda una simbología de la cultura de la supervivencia disfrazada de un triunfo ficticio de la dignidad.

He acompañado en algunas ocasiones a gente muy admirada como Andrés Chola, Roberto Patiño y mi muy querida Manuela Bolivar a ser testigo del trabajo de las ONG. He visto como algunos comuneros oficialistas con un egoísmo inconcebible tratan de sabotear la ayuda a sus propios compañeros de infortunios.

Así como la vacunación de nuestra población debe estar por encima de la discusión política, así debe ser la solidaridad humana. Nada debe estar por encima del corazón contento de un niño con la barriga llena.

Ni siquiera un decreto de alerta máxima en homenaje a nuestro ilustre visitante Steven Seagal. Muy envidiado por mi persona por haberse quedado con mi platónica Kelly Lebrock. La Chica de Rojo protagonista de aquella icónica película ochentosa con Gene Wilder. Que extraña coincidencia. Lo digo por aquello del rojo y que ahora Steven se nacionalizó ruso. Rojo rojito pues.

@guillermo.ylarreta

Caraota Digital no se hace responsable por las opiniones, calificaciones y conceptos emitidos en las columnas de opinión publicadas en este medio.

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