La épica en el país de la incertidumbre

Foto: Caraota Digital

Amos Smith
Periodista   

La gente que nos desgobierna desde hace más de veinte años (y veinte años no son nada, según Gardell), desde siempre ha querido fabricar su propia épica, la remembranza de su gloria epopéyica, modo Cid Campeador, su propia ruta Sierra Maestra-La Habana. Su versión privada de la Venezuela heroica de Eduardo Blanco.

Lo han intentado todo. Desde la gesta del golpe de Estado fracasada del “por ahora”, cuando el chavismo admitió por primera y última vez su responsabilidad en cualquier cosa que afectara la vida de Los venezolanos. Fueron las primeras palabras de millones que vendrían después del padre eterno de la criatura de mil cabezas saqueadora de las riquezas nacionales.

Han intentado construir la épica desde la grandilocuencia de discursos marciales, en los que han hecho gala de una historia nacional amoldada a sus conveniencias. Han intentado edificar la épica sobre guerras imaginarias, echándole la culpa a esos gringos de mielda de todas nuestras miserias y desgracias.

Lo intentaron también con el regreso de Chávez al poder, tras el golpe del 11 de abril, cuando a los militares les pareció peor el remedio que la enfermedad.

Se han matado a pasiones, glorificando la muerte de un fiscal general en un extraño asesinato con explosivos en su auto, la de Robert Serra y ni se diga de la desaparición física del padre eterno de este desastre.

Eso sí. Tenemos que hacer la salvedad de que el sinónimo del plátano amarillo, ya ni lo intenta. Él solo busca sobrevivir en el poder, como lo intentan millones de venezolanos a su gestión. Y es allí donde sí hay una épica que habrá de ser contada a generaciones venezolanas futuras.

Esta gente, con su cara de cartón piedra mojado, es capaz de denunciar el robo de una caja de curitas de la ayuda humanitaria, pero hacerse los triplediscapacitados (ciegos, sordos y mudos) con el uso del petróleo, con el oro y el coltán.  Como cientos de años atrás, la riqueza nos la han cambiado por espejitos, o mejor escrito aún, por cartoncitos. El resultado es un país desdibujado, disperso y acostumbrado a acostumbrarse (siempre jodiendo mi lírica, Arjona).

Pero como le acabo de escuchar a alguien que conoce al país más que a la palma de su mano, Valentina Quintero, será la terquedad lo que nos debe definir como venezolanos. Nada más cierto.

Hay que llevarle la contraria a una gente que no nos quiere y nos desprecia como si la venezolanidad fuera la única propiedad privada válida y solo les perteneciera a los jerarcas que piensan en unicolor.

La épica se hace construyendo lo que parece imposible y la materia prima son los corazones tercos. Quiero vivir en un país donde el saludo sea una sonrisa correspondida. Con aeropuertos de bienvenidas y no de despedidas, como dice Valentina. A mí tampoco me da la gana de regalarle el país a la miseria. Y creo que aquí no hay espacio para las medias tintas, para los radicalismos que llevan a ninguna parte. Vamos a ejercer la terquedad contra quienes serían felices si hiciéramos maletas y nos largáramos. Intentar la felicidad en una tierra de incertidumbre es épico. Que no se te rompa el espíritu allí, también lo es (Carlos Fraga, te juro que es sin querer).

El Día del Niño vi a una gente anónima regalando a unos niños de la calle los ponquesitos mejor decorados que he visto jamás. Tanto las sonrisas de los que daban como las de quienes recibían, eran épicas. Siempre preferiré morir de un ataque fulminante de optimismo, que enfermo de tristeza y resignación.

No me da la gana de conformarme con la miseria con la que nos han rodeado. Nadie me sacará de mi corazón terco. Así tengamos que construir la épica nacional desde un grano de arena de los médanos, desde un grano de sal de las cumaraguas de Falcón, en una perla que nace dentro de una ostra en las profundidades del mar margariteño, en un copo de nieve merideño o en una mirada al Ávila.

He visto esa terquedad a lo largo y ancho del país, pero es muy evidente que los triplediscapacitados que nos desgobiernan no la ven. Seamos épicos. Solo hay una sola cosa que cambiar. Como decía un legendario hombre de la radio zuliana, don Pedro Colina: “Hay cosas que por sabidas se callan y por calladas se olvidan”.