Unos para Cúcuta y otros para Oslo

Foto: Caraota Digital

Hizo bien el presidente Juan Guaidó en quitarle el caramelo de la boca al
intrigante siquiatra Jorge Rodríguez hace un par de semanas, con eso de ser el
vocero, por anticipado, de lo que iban a hacer a la capital de Noruega sus
delegados. Fin de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres siguen
siendo las piezas del traje en el que cuadramos a gusto quienes hacemos mayoría
indiscutible en Venezuela.

El ministro de comunicaciones de Nicolás Maduro sufrió la interrupción del chance
que siempre le brindaba el “confidencialismo” de la oposición a la hora de ir a verle
la cara al régimen oprobioso en la búsqueda de una solución al caos que nos
embarga. Ahora no pudo hacer de vieja chismosa y mentirosa que, valida de su
aparato de propaganda, siembra dudas y sospechas para dividirnos.

Sabemos que el pasaje para Oslo se lo consumen con aditivos de lujos y
ademanes de reyes los enviados de Maduro, quienes intentan en aquella capital
engañar a los anfitriones europeos como si estos no supieran que los bárbaros,
llámense Jorge o Héctor, o como se llamen, representan a una casta que no ha
tenido escrúpulos ni para respetar al papa Francisco en eso de apostarle a un
diálogo.

Por eso se acentúa de nuestra parte que en aquel escenario, si acaso, asistimos a
un intento de mediación. Que jamás pasará a ser una victoria del engaño y el
ganar tiempo. Mi madre decía que el tiempo perdido los santos lo lloran, y en
nuestra circunstancia vale por decir que si se cae en aquella trillada trampa se
alarga el período del hambre, de la enfermedad y del llanto de los deudos de
tantos muertos que va dejando nuestra tragedia humanitaria.

Nicolás tiene que irse porque es el culpable del mayor sufrimiento que en términos
humanos ha padecido Venezuela a causa de la corrupción, del abuso de poder y
hasta de la denunciada afiliación de gobernantes con crímenes internacionales y
delitos de lesa humanidad. Pero además tiene que irse ya, porque lo de la
usurpación no es un cuento, sino un hecho políticamente demostrable ante el
mundo, así el mandamás ruso diga que quienes seguimos al presidente Guaidó
estamos locos.

Para mí no basta que Putín haya querido adornarse, por si las moscas, con
aquello de que Juan es un tipo majo. Por mí, que se vaya a lavar ese paltó y se
meta la lengua donde mejor le plazca. Ya es bastante repudiable que le brinde
oxígeno internacional a un régimen salvaje y fracasado, como para calarnos la
asquerosidad de que llame desquiciados a quienes estamos clarísimos en la base
del interinato presidencial de Juan Guaidó y en la esperanza que encarna para elrenacer de una mejor Venezuela. Vladimir Putin que se vaya a Oslo, mientras
nosotros miramos a Cúcuta.

El viernes en la noche anunció Nicolás Maduro que abría la frontera entre
Venezuela y Colombia, la cual ha estado cerrada desde 2015, cuando un
enfrentamiento entre mafias que controlaban y siguen controlando el jugoso
contrabando, hizo que los peces gordos, los capos mayores, se presentaran para
poner “orden” en el multimillonario festín.

La situación pasó a peores niveles cuando antes del 23 de febrero, por oponerse
al ingreso de medicinas y alimentos empaquetados como ayuda humanitaria, se
colocaron en los principales puentes internacionales - Simón Bolívar, Tienditas y
Santander - las barricadas, las guarimbas, contra el único recurso para acceder a
la salud y a la alimentación; o a las rutas más transitadas por los emigrantes
venezolanos que buscan futuro lejos de la hambreadora y violenta dictadura.

Ya el sábado sabíamos que era otra treta de Maduro, bien apodado como “Mentira
Fresca” desde 2012. Los malandros que reinan en las trochas, bien sea vestidos
de civiles o de militares, no iban a abandonar sus negocios, ahora enriquecidos
con el valor en pesos o en dólares de la desesperación de alguien buscando un
tratamiento médico, o de la madre buscando una fórmula para un niño, o de quien
huye despavorido del país de la ruina y de la muerte, como habremos de recordar
a la Venezuela del madurismo en el poder.

Nosotros miramos a Cúcuta, sin embargo, porque de paso es la estantería más
segura de provisiones, en los tiempos de mayor empobrecimiento de los
venezolanos. Y no es que el peso valga menos que el bolívar, sino que la
hiperinflación y el caos de los servicios como tapa del frasco venenoso, nos hacen
voltear la mirada hacia aquella tierra.

Cuando Hugo Chávez tomó el poder en 1999, los hermanos colombianos tenían
que pagar 5 pesos por un bolívar. Al cabo de 20 años, bajo el yugo de Maduro y
con relación a aquel mismo signo monetario, el bolívar sin apellidos imbéciles,
tenemos que pagar 154.000.000,00.  Es decir, 154 millones de bolívares por un
peso. Así de malos, así de ruines han sido estos tipos contra el poder de nuestra
moneda.

Pero es que, con todo, en Cúcuta encontramos medicinas y alimentos que pueden
costarnos hasta la mitad de lo que aquí tendríamos que “quemar” de nuestro
menguado presupuesto, nutrido de la ayudadita en remesas enviadas por los
amores que se nos fueron, o por la sangría de nuestros modestos ahorros en
monedas a salvo del chavo-madurismo. Aunque en realidad no hay moneda a
salvo. El dólar, el euro, cualquiera otra divisa, también ha perdido valor en las
mandíbulas de Nicolás Maduro.

Putín, Arreaza, los Rodríguez seguirán de lujo en lujo y con pasajes aéreos
intentando ganar tiempo en Oslo. Nosotros, sin gasolina, y a pata por las trochas osalvando los obstáculos en los puentes internacionales, trataremos de comprar un
pelín de subsistencia en Cúcuta, por ahora, y hasta que cese la usurpación.
Es así, duélale a quien le duela.

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