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Me salvo del COVID, pero me muero de hambre

Por Omar Villalba

Entramos en el mes de abril y ya podemos decir que ya pasó más de un año en confinamiento. Como dije en el artículo anterior mucho ha sido lo que nos ha dejado 2020. Muchos dolores y pesares —que parece se incrementarán—, pero también mucho aprendizaje. Por encima de todo ello, también nos dejó un valor muy importante: la resiliencia. Con ello hemos sembrado la semilla del estoicismo, que es la capacidad de sobrellevar los problemas y mantener la compostura. Por decirlo de una forma sencilla.

Bien, queda muy claro que esta crisis ha generado grandes cambios en el mundo; solo falta ver lo que está pasando en Brasil a raíz del coronavirus. Y parece que seguiremos cambiando, en especial porque muchas personas en distintas partes del mundo no acusan recibo sobre esta realidad. Además, este virus —como todos los microorganismos de su calaña— está mutando a gran velocidad. Según he leído en los titulares, en Brasil acaba de aparecer una segunda mutación. Y, en efecto, es más violenta que su antecesora.

Todo esto me lleva a preguntarme ¿Todo ha cambiado? Pues es evidente que no. Y lo que es más evidente es que en un año seguimos en medio de una gran disyuntiva ¿Cuál? Pues para muchos venezolanos existe un dilema entre: Me quedo adentro de casa, me salvo del COVID-19, pero me muero de hambre contra salgo a buscarme la vida y corro el riesgo de infectarme y —casi seguro— infectar a los míos y que todos mueran por el coronavirus.

Tras más de un año en este trajín seguimos en este dilema, donde muchos venezolanos —que viven el día a día—, tienen que correr ese gran riesgo, porque nadie desea morir o ver morir a los suyos. Curiosamente, el año pasado, por estas fechas, no estoy seguro, escribíamos un artículo pidiendo a la gente el ser considerado con aquellas personas que tenía que salir a la calle y enfrentar a la enfermedad. En el escrito recordábamos que para algunos el confinamiento no resultaba un problema porque tenían comida en sus neveras, agua, servicios y bonitas familias. Se podía entretener y pasar todo un día jugando. Pero, para una gran cantidad de personas en el mundo, la cuarentena era un suplicio. Algunos no tienen que comer, otros carecen de los servicios públicos que pueden hacer que tu estancia en casa sea cómoda. Para otros estar con sus “familiares” puede ser un infierno —los casos de abusos de todo tipo y violencia familiar se incrementaron durante el confinamiento—. Sin duda dos realidades totalmente distintas y hasta opuestas.

Para aquel entonces usábamos la metáfora del barco. Mientras que unos iban en un crucero de lujo, otros en un barco decente, algunos están en un peñero pequeño que hace agua por todos lados y con una tripulación hostil. No todos vamos a la misma velocidad, pero si todos deseamos llegar al mismo puerto: la felicidad, por muy pequeña que sea. Y, por encima de todo sobrevivir.

Es por ello, que aún un año después muchos venezolanos deben salir a buscarse la vida. Y vale la pena preguntarse ¿Qué ha hecho el gobierno? En otros países se han creado fondos de protección para todos. Sí, nada de implementación de mecanismos sesgados y excluyentes. En otros, las personas que más tienen han tendido las manos a quienes menos tienen. ¿Y en Venezuela? Pues nada de eso. Existen los bonos del carnet de la patria, con lo que algunos malviven, y con los que el gobierno calma malestares, pero esos bonos no llegan a todos, tampoco alcanza para todos. Porque recordemos que la inflación en nuestro país sigue adelante, como un tren sin frenos.

Por esas razones, aquellos que hacemos política, estamos en la obligación de conminar a los gobiernos —si a todos los niveles, el estadal, municipal, nacional, comunidades organizadas y un largo etc.—  a crear planes, herramientas y mecanismos verdaderamente incluyentes. A desarrollar planes de vacunación o al menos sincerarse sobre quienes han sido vacunados. Así pues, cada vez que nos den las estadísticas de fallecidos, también deberían darnos las cifras de vacunados.

Por último, también estamos en la obligación de exhortar a la gente que hagan todos lo posible para no exponerse. Y, si en medio del dilema se ven en la necesidad de arriesgarse —la familia vale todos los sacrificios que por ella se hagan, especialmente los chamos—, tengan cuidado. Cumplan con las  normas de bioseguridad de forma estricta. Usen correctamente el tapabocas (un año y pico después hay gente que lo usa mal) y hagan todo lo demás: usar gel, no tocar superficies, lavarse las manos, mantener la distancia social.

Por ahora, hasta que todo el mundo no esté vacunado y se cree la inmunidad de manada, nuestra única opción es apegarnos a estas normas. Es lo que hará la diferencia entre la vida y la muerte. Y, en ese caso, debemos escoger la vida.

Caraota Digital no se hace responsable por las opiniones, calificaciones y conceptos emitidos en las columnas de opinión publicadas en este medio.

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