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¿Puede Caracas ser una ciudad segura?

Por Jesús Armas

Los sectores informales suelen estar asociados a temas negativos, sin embargo, expertos como Edward Glaeser (2012), señalan que la aparición de las favelas responde a incentivos positivos que hacen que miles de personas quieran estar en las ciudades.

Las urbes son diversas y reducen las barreras físicas entre las personas, permitiendo que en ese escenario de cercanía las ideas se muevan con facilidad y por ende facilitando el desarrollo económico que permite la prosperidad de los ciudadanos.

El progreso en las ciudades atrae personas de las zonas rurales del país e incluso de otras naciones, como nuestros caminantes que salen de nuestras fronteras buscando oportunidades, el aumento de la densidad urbana es una bendición, pero también puede traer algunas dificultades complicadas de sobrellevar.

Caracas a pesar de sus problemas sigue siendo el territorio con mayores oportunidades para trabajar, educarse y divertirse en el país, durante décadas recibió en sus barrios y en sus urbanizaciones a personas del interior del país y a una migración importante de países de la región y de Europa.

Nuestra capital es una paradoja, en los últimos años ha habido una disminución de la violencia, pero a su vez hay sectores donde el control del territorio lo compite el Estado con bandas criminales. En parroquias como La Vega, Santa Rosalía y El Paraíso los vecinos viven a la expectativa diaria de encontrarse en medio de un tiroteo o al menos se empiezan a sentir acostumbrados al sonido de las balas en su comunidad.

A pesar de esto, las muertes violentas han disminuido en los últimos años, expertos atribuyen esta disminución a la combinación entre la emigración de sectores populares que incluye a personas vinculadas a la actividad delictiva, con la forma como la crisis económica hace el delito menos rentable obligando a los criminales a una actividad más organizada y selectiva.

De la misma forma, también llama la atención que, de 11 mil homicidios en 2020, 4.000 fueron cometidos por los cuerpos de seguridad. Según el Observatorio Venezolano de Violencia (2021), durante el año 2020 la tasa de asesinatos en el Municipio Libertador fue de 56,2 muertes violentas por cada 100 mil/hab ubicándose por encima del promedio nacional de 45,6 víctimas por cada 100 mil habitantes.

Las parroquias donde se han concentrado la mayor cantidad de muertes violentas son:  Coche (262 por cada 100 mil/hab), El Valle (104 por cada 100 mil/hab), Macarao, Santa Rosalía, La Vega, Antímano, Sucre, San Juan y 23 de Enero. El caso de Coche y de El Valle es realmente dramático, ambas parroquias son las más violentas de todo el país superando los 100 homicidios por cada 100mil habitantes. En los casos específicos de El Valle y la Vega, el número de víctimas por resistencia a la autoridad están por encima del número por otras motivaciones.

Caracas puede ser una ciudad segura nuevamente, pero hace falta una combinación de un proceso de democratización, respeto a los derechos humanos, voluntad política y una estrategia llevada por verdaderos expertos en el área de seguridad. Para derrotar el crimen en la ciudad se necesita del gobierno nacional para recuperar el territorio tomado por las megabandas, aprendiendo de experiencias como la de Medellín o de las Favelas en Río, pero también es necesario un esfuerzo del gobierno local para responder a los crímenes de menor envergadura y para mantener el orden en cada rincón del municipio.

El ganador del premio Nobel, Gary Becker, aseveró que: “una persona comete un delito si la utilidad esperada para él excede la utilidad que podría obtener usando su tiempo y otros recursos en otras actividades” (1974). En pocas palabras, el perpetrador toma racionalmente la decisión de si cometer o no un delito, por tanto, para luchar contra el crimen hay que generar unos incentivos que disuadan al delincuente. Los incentivos más efectivos han venido asociados con tener a un mayor número de oficiales policiales desplegados y aumentar el porcentaje de encarcelamiento.

De la misma forma, los académicos James Wilson y George Kelling (1982), argumentaron que las señales visibles de desorden o comportamiento antisocial crean un ambiente que promueve otras actividades delictivas. Es decir, que dejar pasar pequeños crímenes como el grafiti, lanzar deshechos solidos al piso o irrespetar señales de tránsito genera un ambiente de desorden que promueve crímenes mayores, como robos o asesinatos. La ciudad de Nueva York, asumió esta política de penalizar con fuerza los delitos menores y vieron disminuir crímenes de más peso, además de que generaron una sensación de orden y respeto.

En Medellín y en Río, el gobierno decidió retomar el espacio dentro de los sectores populares y llevar los servicios y la presencia del Estado. Poder crear espacios públicos de encuentro como el Parque Biblioteca España en la Comuna 1, o crear una sede de la policía que ofrezca otros servicios del Estado dentro de algún barrio, puede ayudar a romper la desconfianza entre los ciudadanos y la policía, así como también mejorar la calidad de vida de los habitantes del sector.

Si a estas políticas, les sumamos herramientas tecnológicas como sistemas de información geográficos, centros de comunicaciones, aplicaciones móviles o inteligencia artificial, que permita llevar un registro de los delitos, mantener una buena comunicación con los ciudadanos, atender emergencias y tomar buenas decisiones para el uso eficiente de los recursos policiales, la ciudad en podría ser más segura, esto potenciaría el uso de los espacios públicos, el entretenimiento, la actividad económica y la prosperidad de los ciudadanos.

Caracas puede ser una ciudad segura, pero todavía falta mucha tela que cortar. No basta con poder ganar las elecciones municipales, no basta con sacar a Nicolás Maduro del poder, hay que tener las ideas claras y los acuerdos necesarios para llevar a cabo políticas de Estado que se sostengan en el tiempo a pesar de los gobiernos.

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