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¿Qué podemos rescatar del 5 de Julio?

Por Omar Villalba 

De entre todas las fechas que conforman nuestra narrativa histórica y heroica, el cinco de julio es la más curiosa. Verán, este año se cumplieron 210 años desde la firma del acta de independencia. La mayoría de nosotros creemos que el 19 de abril de 1810 estábamos dando el primer paso hacia la independencia.

Según nos enseñaron en la escuela, sería al año siguiente 1811, cuando se firmaría el acta de independencia. Pero, lo que desconocemos, es lo que se exigió en 1810 y lo que pasó entre esa fecha y la que nos ocupan.

Verán, en 1810 nosotros declarábamos nuestro desagrado frente a las Cortes. Se creó en Caracas, y en otras partes del hemisferio, una serie de juntas que reivindicaban los Derechos de Fernando VII a la Corona de España y el Reino de las Indias. También exigíamos que los españoles de las Américas tuviésemos más participación en las cortes. Queríamos que la representación fuese proporcional al territorio. Los peninsulares no querían esos, porque significaría que desde América irían a España muchos diputados representando a todas las indias.  En cambio, ellos querían hacerlo proporcional a la cantidad de provincias, así que por América solo irían dos representantes.

Esas juntas tenían una peculiaridad: no querían al Rey Fernando VII, pero tampoco querían al Rey impuesto por Napoleón Bonaparte: José I, conocido por el pueblo llano y no tan llano, como Pepe Botella, por su tendencia a empinar el codo. ¿Se acuerdan del Señor Vicente Emparan? Sí, el Capitán General, pues él no representaba a Fernando VII, sino a la España afrancesada.

¿Qué tiene esto que ver con el 5 de julio? Bueno, aparte de lo interesante del chisme histórico. La gracia aquí es la siguiente: los pensadores venezolanos, entre ellos el más destacado Juan German Roscio, tenían rato atacando a la Corona. Estos ilustrados aprovecharon el vacío de poder que quedó al desconocer a las Cortes, al Fernando VII y a Pepe Botella, para promover la idea de la independencia. Téngase aquí presente un ejemplo de la ley política más antigua: la política odia los vacíos, cada vez que da con uno, los llena.

A Juan German Roscio —figura de nuestra historiografía que no conocemos y celebramos mucho, por la dichosa y viciosa manía, que tenemos de celebrar a los militares y los actos “heroicos”— no les costó mucho el vendernos la idea de la independencia. Lo cierto es, que ya le teníamos gana. Además, también le teníamos ojeriza al Rey, y es que siendo sincero, nadie quería a Fernando VII en España. Los historiadores actores, y al parecer las malas lenguas de aquel entonces lo tenían por: un bicho vil, falto de escrúpulos, rencoroso, miserable, taimado abyecto y felón.

Napoleón Bonaparte, mucho tiempo después, cuando rumiaba su amargura en la Isla de Elba, se lamentaba por haberlo retenido en el castillo de Valençay durante la guerra de Independencia Española. Cuentan los historiadores, que cada vez que se encontraba Fernando VII y Napoleón este preguntaba cómo iba la guerra y celebraba las victorias del lado francés. Vale la pena decir, que al final los franceses perderían la Guerra. Fernando VII volvería a España. Le juraría a las cortes que respetaría la Constitución —en su ausencia las cortes escribieron una constitución liberal, muy avanzada, que el pueblo llano celebraría con el nombre de la Pepa, de allí la expresión: viva la Pepa— y, más tardó en jurar que en violar la Carta Magna, apresar a todos los que le obligaron a jurar y luego gobernar como un buen tirano. Para su desgracia, no pudo con el proceso de emancipación. Como ustedes pueden ver, uno no sabe para quién trabaja y a quien defiende.

En nuestro caso, no tuvimos que pasar por mucho, porque ya Roscio y otros pensadores despreciaban al rey. Nuestro Ilustre pensador caraqueño, se refería a Fernando VII, como el hijo de María Luisa —nombre del Rey—, cosa que ponía en duda la paternidad del Rey Carlos, por lo tanto su derecho a reinar.

Volviendo a nuestro país. La historia nos dice que pasamos de defender a este Rey —que era un bicho que no tenía nada que envidiarles a algunos políticos de ahora—, a volvernos en su contra. En un año pasamos de alabar su efigie a ahogarla en el Guaire. Este desdén se concretaría en la firma del acta de independencia, que por cierto, no ocurrió como las pintan en los cuadros. No, todos estos señores no estaban allí ese día firmando.

Las actas se firmaron a través del tiempo, a medida que la guerra fue transcurriendo y los próceres tuvieron la oportunidad de poner su rúbrica en el magno texto. Se escogió el 5 de julio para emular al 4 de julio de Estados Unidos de América, que era el ejemplo a seguir para muchos pensadores y revolucionarios de aquel entonces.

Ojo, nada de lo dicho hasta ahora le quita mérito a lo que ocurrió en aquel entonces. Todo lo contrario. Verán, debemos entender que en aquel entonces, el gobierno no solo se sustentaba en la fuerza, sino que la legitimidad del rey provenía de la Fe. Oponerse al Rey era, hasta cierto punto, oponerse al mismo Dios. No conforme con ello, debemos entender que en aquel entonces, la Corona tenía una estructura de control y coerción, que se expresaba no solo a través del sistema de castas, las fuerzas armadas y la iglesia, sino a través de una ingeniería social. De un sistema de recompensas y ventajas al que todos querían pertenecer para mejorar sus condiciones.

Lejos de decir que estamos frente al mismo escenario, no podemos negar que hay similitudes. Actualmente estamos bajo la sombra de un gobierno nefasto, siniestro y vil, digno del espíritu de Fernando VII, que valiéndose de un sistema ideológico —que es más un arroz con mango—, una hegemonía comunicacional, una retórica retorcida, maniquea y una reescritura viciosa de la historia, además de un sistema de control social basado en el miedo y la dadiva; eso sin contar, que poseen una serie de mañas y trácalas, nos tienen controlados y oprimidos.

Así las cosas, no es de extrañar que al preguntarnos ¿Qué podemos rescatar del 5 de Julio? ¿Cuál es el aprendizaje que la declaración de independencia nos deja 210 años después? Pues lo primero que debemos rescatar de aquel momento, es el espíritu de la independencia, el espíritu de la rebeldía. Debemos recordar y aprehender ese espíritu. Como ya dije, ellos no solo se enfrentaban a un ejército, a un rey tirano, sino a toda una estructura y una serie de paradigmas. ¿Acaso el peligro en aquel entonces es mayor que ahora? Pues la repuesta es no.

Por eso, debemos recordar este evento. Recordar como aquellos hombres en 1811 se opusieron a todo un sistema de creencia. Y, si ellos fueron capaces de hacerle frente a todo este sistema y conseguir la libertad para nosotros ¿Por qué no podemos hacerlos nosotros? Y, no. No hace falta que nos alcemos en armas. Lo que hace falta es recordar ese espíritu rebelde e independentistas. Debemos recordar esa naturaleza, cada vez que la bota de aquellos que nos dominan venga a aplastarnos.

Debemos recordar ese espíritu independentistas, cuando todo el sistema de vicios que se nos ha impuesto, se manifieste para oprimirnos. Debemos encender esa llama rebelde, cuando venga ante nosotros, con su supuesta superioridad moral e histórica a imponerse sobre nosotros —gente que ha vendido este país a imperios que están del otro lado del mundo, o a un oscuro y aún más nefasto gobierno como es el cubano—, contándonos una historia que nunca pasó.

Pero, este espíritu rebelde, contestatario, independentista debemos encenderlo con mucha fuerza y fiereza, cuando aquellos —que están de nuestro lado—, vengan diciendo que son demócratas y con ello nos quieran silenciar o acallar. Que nos traten de traidores, quinta columna o antidemocráticos, porque no aceptamos su visión. O cuando ellos, diciendo que también son rebeldes y demócratas, se quieren imponer como la única opción, como si no hubiese una generación de relevo allí, dispuestas a seguir luchando con el oprobio que nos gobierna.

¿Qué nos deja el 210 aniversario de la firma de Independencia? El deber de encender y mantener viva la llama de la independencia, de hacerle frente a la tiranía, donde asome su sucia cara, con todas las herramientas que tengamos a mano.

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