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Venezuela y la pobreza energética

Por Jesús Armas

En los recorridos que hacemos en el Municipio Libertador es cada vez más frecuente encontrarnos con ciudadanos que tienen problemas para acceder a las bombonas de gas, sin embargo, hay un caso particular que me llamó mucho la atención. A la altura del kilómetro uno de la Panamericana, en la parroquia Coche, se ve una clara representación de la pobreza extrema, sus hogares tienen pisos de tierra, no hay baños y sus paredes son de tabla.

En ese mismo lugar, se ha vuelto habitual para los vecinos cocinar a leña, Pdvsa gas no les distribuye las bombonas y para ellos es impensable el poder adquirir un cilindro a 5 o 10 dólares en el mercado negro.

A pesar de que ya la imagen es bastante dura, lo que más me llamó la atención es que a la ya difícil situación, se le suman apagones eléctricos y problemas para conseguir los combustibles sólidos (leña). De la misma forma, sin poder refrigerar alimentos y sin alternativas para cocinar, no hay mucho más que decir para entender la situación de la nutrición de los niños del sector.

Por otro lado, los vecinos nos contaban que la movilidad es también bastante limitada, no hay una ruta de transporte y tienen que caminar kilómetros hasta llegar a la parada más cercana, nos dicen que desde que empezaron los problemas de la gasolina pasan cada vez menos autobuses.

Esta situación se repite o es incluso peor en otros rincones del país, ciudadanos de la nación con las mayores reservas petroleras del planeta y con la octava reserva de gas natural del globo, viven en pobreza energética. Hay un mediano consenso en definir la pobreza energética como la privación de servicios energéticos adecuados, económicos, fiables, seguros y ambientalmente sostenibles que permitan ayudar el desarrollo económico y humano (Reddy, 2000). De la misma forma, la Organización de Naciones Unidas incluyó entre los objetivos de desarrollo sostenible el garantizar el acceso a "energía asequible y no contaminante". Sin embargo, nuestro país va por el camino opuesto.

No tiene sentido, el hecho de que tras recibir millones de dólares durante los últimos 20 años, más del 90% del país continúe sin conexión a gas a través de tuberías y que debamos depender de la importación de cilindros, que de los más de 36.700 MW de capacidad nominal de generación termoeléctrica instalada, apenas esté disponible el 30% o menos, que a pesar de que la demanda de electricidad en Venezuela haya pasado de 19.000 MW en 2013 a mucho menos de 11.000 en 2021 y siga habiendo apagones. Estos son cifras que describen una nación que ha perdido su productividad y su capacidad en el corto plazo para retomarla.

La pobreza energética en Venezuela no tiene las mismas razones que en el África subsahariana o en otros rincones de Latinoamérica, acá no carecemos de infraestructura, no nos han hecho falta recursos financieros y tampoco hemos sufrido por no tener reservas de combustibles fósiles, mucho menos hemos pasado por una guerra o algún desastre natural. La razón de la pobreza energética en Venezuela es el socialismo que durante años destruyó los incentivos para que se desarrollara un mercado de energía, que además paulatinamente entre la falta de inversión, la desprofesionalización y la corrupción terminó por desarmar todas las empresas públicas.

Los venezolanos necesitamos traer luz de nuevo al país, para lograrlo más que unas turbinas, algo de combustible o algunas bombonas, lo que realmente necesitamos es un proceso de elecciones libres que nos permita recuperar la democracia y liberar las fuerzas productivas de nuestros ciudadanos. El socialismo debe terminar de una vez por todas.

Caraota Digital no se hace responsable por las opiniones, calificaciones y conceptos emitidos en las columnas de opinión publicadas en este medio.

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