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El drama de Yelitza: familia desplazada, ocho nietos a su cargo y vulnerabilidad extrema

 

Alberto tiene tres años, un severa desnutrición y a sus padres fuera del país. Cuando el celular de su abuela suena, él corre y lo agarra, espera ver en la pantalla a su mamá que tiene más de año y medio en Colombia, mientras él la espera en su humilde casa en Los Guayos, Carabobo. Se emociona pero dice que no cuando le preguntan si quiere mudarse con ella. En su mente inocente no se imagina la vida sin su abuela, quien se encarga de ocho nietos tras la migración de sus hijos.

El niño apenas pesa ocho kilos y pierde calcio y potasio por la orina. Con lo que su abuela, Yelitza Mateo, recibe de sus hijos al mes, apenas le alcanza para medio comer. Por lo que es imposible comprar frutas, vegetales y cereales que requiere Alberto. Tampoco tiene para hacerle los estudios especiales que requiere él y su primo de dos años, José, quien necesita una cirugía urgente y varios análisis tras su diagnóstico de una patología en los testículos que le causa mucho dolor.

El resto de los menores tienen edades diferentes hasta los 11 años y son hijos de tres familias diferentes. "Dos de mis hijas están Colombia y una en Perú". Algunos de los hermanos de estos niños ya lograron viajar y están con sus padres, pero aún faltan estos ocho.

"No es fácil. Pero yo estoy aquí para apoyarlos a ellos mientras se terminan de estabilizar, porque aquí no tenían sueldos que les permitiera vivir", relató Yelitza, quien hace todo lo que puede por mantener a sus nietos, pese a las condiciones de pobreza extrema en la que viven.

Ellos habitan una humilde casa en el barrio Alicia Pietri en el municipio Los Guayos, en una de las viviendas que en 1999 fueron declaradas como zona de emergencia, al estar cimentadas sobre terrenos por donde pasa el Lago de Valencia, lo que motivó la construcción de viviendas para su reubicación, pero que en último momento fueron asignadas a damnificados de la tragedia de Vargas.

Es así como más de dos mil 200 familias siguen en esa área en la que las paredes se mueven constantemente con el oleaje del lago. "Las puertas se han descuadrado, cuando llueve nos inundamos y suspenden hasta las clases en la escuela por eso mismo. Nadie se acuerda de nosotros, aquí seguimos en riesgo", detalló Yelitza apurada porque una de sus hijas le hacía una video llamada para tratar de acortar las distancias.

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