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La migración y sus consecuencias: “Solo podemos comunicarnos cuando hay internet y luz”

La diáspora ha afectado a casi todas las familias venezolanas durante los años de la “revolución” bolivariana de Hugo Chávez y que continuó con la administración de Nicolás Maduro.

Es imposible conocer una sola persona que no haya sufrido porque se ha marchado un familiar al exterior en busca de mejor vida.

Casi todas las familias han despedido a un familiar. De acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), hay 5.9 millones de personas refugiadas y migrantes venezolanos en todo el mundo, mientras que, la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela, registra 6.038.937.

Esto es un caos que se debe a la crisis política, económica y social, la cual hace que en los hogares falten los alimentos, la gente no tenga para atención médica, mucho menos buena educación y las personas sufran por la precariedad de todos los servicios públicos, aunado a la inseguridad y la escasez de gasolina.

Los venezolanos no emigran por moda, lo hacen por necesidad y para ayudar a sus padres, tíos, hermanos, hijos, abuelos o amigos.

En Venezuela la crisis de servicios básicos es caótica, un problema que impacta con más fuerza en las regiones e impide a la gente comunicarse con sus familiares en el exterior por las constantes fallas de la electricidad y el internet, esto hace más difícil superar la tristeza.

“Yo todos los días me levanto esperando un mensaje de mi hija", explicó Eugenia Monzón, quien tiene a su primogénita viviendo en Alemania.

Kelly Meza, quien tiene a su hijo en Perú, señaló a Caraota Digital que es muy doloroso experimentar la migración y saber que muy lejos de casa están las personas que más ama.

“Con tan corta edad se tuvo que ir sin poderse graduar en una universidad, que tenga que salir del país a batallar”, indicó.

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Kelly Meza. Foto: Jade Delgado

Rita Camacho lamenta tener que ver a sus seres amados por fotografías y se refugia en los recuerdos, rechaza que solo se puede comunicar con su hijo cuando funciona el internet o hay luz.

“No es justo que uno tenga su familia y deba compartir y verse por teléfono o por medio de foticos y no tenerlos cerca cuando los necesitamos”, aseguró.

Algunos van al exterior y regresan al país, pero se dedican a trabajar en la economía informal, como el caso del señor Jhon Lacruz, quien regresó de Guayaquil, Ecuador, a su juicio los venezolanos son víctimas constantes de la xenofobia. A él le tocó vivirlo en carne propia, otro problema al que se deben enfrentar los venezolanos cuando persiguen sueños lejos de su país de origen.

“Estuve 1 año y 6 meses, fue dura la experiencia, no a todos les va bien, y por ser venezolanos nos la aplican”. Actualmente vende combos de comida rápida por un dólar en el centro de Mérida, porque si trabaja en una empresa o entidad pública no podría ni comer. “Aquí todo está dolarizado”, dijo.

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Jhon Lacruz. Foto: Jade Delgado.

En Venezuela el salario mínimo es de 7 bolívares, menos de dos dólares mensuales, mientras que un pollo entero podría costar hasta 7 dólares. Es decir, una persona debería trabajar más de tres meses para comprar esa proteína, por esta razón muchos dejaron de comerla.

FUGA DE CEREBROS EN UNIVERSIDADES

De acuerdo con Mayda Hocevar, coordinadora del Observatorio de Derechos Humanos de la Universidad de Los Andes (ODH-ULA), los profesores en las universidades perciben limosnas y no salarios, lo que ha impulsado una migración forzada y en consecuencia la fuga de cerebros.

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Este escenario no solo ha generado el decaimiento de la ULA, sino de las demás universidades y centros de investigación en Venezuela. “El sueldo es irrisorio, el sueldo es inexistente, es una limosna y ha menoscabado el trabajado académico”.

La ausencia de un familiar se siente con más emoción durante las fechas especiales: cumpleaños, grados, bodas, bautizos, celebraciones y en Venezuela los hogares sufren en la Navidad, temporadas en las que se suele o se solía compartir en familia, hacer las hallacas, el pesebre, armar el arbolito, pintar y adornar la casa, para que los días 24 y el 31 se disfrutara de cenar en armonía y darse el abrazo acompañado de un grito de “Feliz Año”, abrazos que fueron sustituidos en miles de hogares por videollamadas y conversaciones a través de equipos tecnológicos.

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