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Las Pedradas: La intención totalitaria detrás de la quema de iglesias en Chile

Me duele como católico, pero igual me dolería si fuera ateo, o si quemaran una mezquita, una sinagoga o un templo protestante. La quema de iglesias este domingo, en Santiago de Chile, me duele (duele) en lo profundo, en lo más íntimo, ahí donde se llevan las creencias, detrás del esternón y sobre el píloro. 

Me hiere porque desde pequeño me enseñaron a respetar la religión, la mía y la de los demás, como parte de un derecho secular: el de la libertad de culto. Me duele aún más por Chile, porque en ese fantástico país me sentí como en mi casa la única vez que lo visité, y desde entonces lo añoro; y porque en allí están muchos amigos, compatriotas que han huido de la satrapía venezolana. 

Historia de dos ciudades

Chile ha sido tan generoso en la última década como Venezuela lo fue con miles de amigos chilenos, algunos de los cuales todavía viven en este país, en la de los 80 del siglo pasado, y aquí siguen entre nosotros, muchas veces hasta despotricando de sus raíces y sintiéndose más venezolanos que una arepa.

Uno de mis grandes amigos chilenos, Nivaldo Varas, mapuche puro, acaba de morir de Covid-19. Sucedió aquí en Caracas. Cada vez que le preguntaba por qué no se devolvía, su respuesta era invariable, con el acento de su país que nunca se quitó, y me arrancaba una carcajada: "qué va, hay demasiados chilenos, weón". 

Somos dos países hermanados por Andrés Bello y por un flujo humano de ida y vuelta que se remonta hasta el siglo XIX. Somos las dos puntas de los Andes.

Estamos hermanados por chilenos tan venezolanos como al profesor Héctor Faúndez, en quien resumo a cientos y cientos de chilenos que han contribuido a hacer esta patria que algunos se empeñan en terminar de deshacer. Y por los miles de venezolanos que hoy se labran su camino en esa tierra de libertades.

La quema de iglesias, la marca de la barbarie

Al igual que Chile hoy, Venezuela era el país más rico de Latinoamérica en sus días, y también el más democrático y el menos desigual. Como en Chile hoy, una izquierda destrozona en Venezuela se quejaba de todo, mientras vivía bien y se formaba en el exterior. 

Esa izquierda, ayer y hoy, se empeña en magnificar los problemas, de palabra y de hecho. En agudizar las contradicciones hasta que se vuelvan indisolubles. En Venezuela, creó a “los notables” y elevó al poder a un golpista de izquierda. 

En Santiago, quema iglesias, destroza estaciones del metro más bonito del continente (¿les suena familiar?) y propone una Constituyente. Una palabra que luego del abismo venezolano, toda sociedad debería mirar con aprehensión. 

Nunca ha sido buena cosa la quema de iglesias. Quemar, en general, sean libros o templos, nos lleva a las peores situaciones de la sociedad. 

La quema de iglesias (en realidad fue de conventos) fue una mancha eterna en los tormentosos tiempos que llevaron a la guerra civil española. En Argentina, en 1955, también fue preludio del horror. En Estados Unidos, recientemente, en plena ola de asesinatos racistas, la quema de iglesias negras fue vista como una señal ominosa. 

La quema de iglesias es la quema de lo más íntimo: nuestra creencia en un Dios. Por mucha simpatía que uno pueda sentir por la gente que defiende el derecho al aborto, los horrendos happenings en iglesias son, aparte de sacrílegos, de mal gusto. Cualquier causa que necesita atacar a los otros para ser demuestra debilidad, no fortaleza. 

Agarrarse de minucias para establecer una dictadura

Los golpistas chilenos (en realidad es un movimiento golpista el que hay en ese país, y sorprende la blandenguería de la clase política, como un todo, para denunciarlo y enfrentarlo, para no parecer antidemocráticos: también en esto se parecen el caso chileno y el venezolano) se pegaron un tiro en el pie con su conmemoración de las protestas de 2019.

Como dice un amigo mío, uno tiene la razón hasta que la pierde. Cualesquiera que fueran las causas, no hay nada positivo en la quema de iglesias. 

Ya pasó en Venezuela y ahora ocurre en Chile: la izquierda se agarra de las legítimas demandas de la sociedad (resolubles en democracia) para proponer la demolición del sistema. 

Esos manifestantes de la Plaza Italia deben aprovechar lo que les da la democracia y que la izquierda, cuando sea poder, no les dará. Como decía Orwell: no se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace una revolución para establecer una dictadura.

Pregúntenles a sus amigos que emigraron de esta otra Santiago, la de León de Caracas, cómo es protestar en Venezuela y a lo que se enfrentan los que lo hacen. 

O mejor, pregúntenles a sus familiares y amigos chilenos, en tantas partes del mundo, lo que es tener que irse de su país porque ya no soportan más a un régimen político que los cosifica y los amenaza 24/7.  

No te pierdas las pedradas de Garcìa Otero sobre la quema de iglesias en Chile en Caraota Digital, directo al grano.

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