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Reestructuración de la deuda: una promesa que se repite sin ningún respaldo

Han pasado cuatro años desde que el Gobierno de la revolución chavista dejó de pagar sus deudas. Fue un default desordenado y que obedecía a un solo motivo: el dinero se terminó. Corría noviembre de 2017 cuando Venezuela llamó a los acreedores del país en los mercados internacionales, por primera vez, a una reestructuración de la deuda. 

Desde entonces hasta este 19 de febrero, 38 años después del viernes negro que inició la inestabilidad económica de Venezuela por más de tres generaciones, Maduro ha propuesto lo mismo a los tenedores de bonos venezolanos en al menos tres oportunidades: 2017, 2019 y 2020. En ninguna de ellas, la reestructuración de la deuda ha ido más allá del enunciado. 

"Ratifico a todos los tenedores de deuda que estamos listos para reactivar toda la relación y tenemos una oferta muy fuerte para honrar los compromisos. Hago una oferta pública", señaló Maduro este viernes. 

Muy diferente, en forma, de lo que dijo en 2017: “He ordenado que a primera hora de mañana viernes, 3 de noviembre se inicie el pago del Bono Pdvsa 2017, pero luego de este pago, a partir de hoy, decreto un refinanciamiento y una reestructuración de la deuda externa y de todos los pagos de Venezuela". 

Pero muy parecido en lo fundamental: los refinanciamientos de deuda no se decretan; depende de lo que quien busca la reestructuración tenga para ofrecer, y lo que el que posee la deuda desee aceptar. 

Lo que Maduro “ofrece” para la reestructuración de la deuda

A continuación de decir que “tenemos una oferta muy fuerte para honrar los compromisos”, anunció Maduro este 19 de febrero que para la reestructuración de la deuda, Venezuela cuenta con que Pdvsa puede “llegar a 1.500.000 de barriles diarios” de producción petrolera este año. 

En este momento, la producción está, según estimaciones de la OPEP, en unos 330 mil barriles diarios. Elevar la producción en 1 millón de barriles era el objetivo de Pdvsa en 1999, cuando producía 3,5 millones de barriles. Nunca se logró. 

El plan Siembra Petrolera, en 2005, intentaba llevar la producción de unos 2,8 millones a 5 millones de barriles, y también fracasó. 

En octubre de 2019, el para entonces presidente de Pdvsa, Nelson Quevedo, anunciaba en Rusia que Venezuela “estaba preparada” para “elevar la producción petrolera a 1,5 o 1,6 millones de barriles diarios”. En su corto pasaje al frente de la estatal petrolera y como ministro de Petróleo (dos años y medio), el resultado fue totalmente el opuesto: destruyó más de 1 millón de barriles de producción

La otra oferta es “llevar gas a México”, sin ofrecer mayores detalles. 

Lo que demandarán los mercados

Una oferta tan poco estructurada y dependiendo de tantas variables no controlables obviamente no luce atractiva para unos mercados internacionales que tienen una acreencia con Venezuela de unos $70 mil millones, casi 100% del PIB actual del país; y aunque esa deuda hoy, en los mercados, se cotiza en 3% de su valor, es muy difícil que los tenedores de bonos acepten recibir menos de 2.000 millones de dólares por algo por lo que esperaban obtener 35 veces esa cantidad. 

“Básicamente, si ya llegaron hasta aquí, ya descontaron esas pérdidas de sus libros, es muy difícil que los tenedores de bonos acepten cualquier oferta”, señala un analista financiero que pidió el anonimato. 

En resumidas cuentas, como sucedió en 2017, en 2019 y en 2020, es muy difícil que el plan de reestructuración de la deuda vaya más allá de los enunciados para un Nicolás Maduro para el que es imperativo salir del default para poder obtener recursos, así sea en el marco de la Ley Antibloqueo. 

China, por ejemplo, dejó de prestarle a la revolución cuando cayó en default, y no le presta a países en esa condición, cuyo crédito se cierra incluso para la importación de materias primas. Una situación que Maduro ha atribuido hasta ahora al bloqueo. 

El Gobierno sí podría avanzar, en cambio, en las decenas de demandas que tiene en el Ciadi y que hoy representan la mayor parte de la deuda externa. 

Pero nuevamente, allí están pesando prácticas recientes como la toma de Kellogg’s, que hacen muy difícil para la revolución chavista romper la imagen que han construido en 20 años: la de su absoluto irrespeto por la propiedad ajena.

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