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El asombroso caso de un médico que vivió siete años con el cadáver de una paciente

Clarín advierte que antes de contar la historia de Carl Tanzler, un par de aclaraciones. 1) Tal vez lo más extraño no sea lo que hizo (que más que extraño fue extrañísimo) sino cómo lo tomaron en su época: como un acto de romanticismo. 2) Lo que hizo (atentos lo lectores impresionables) fue repulsivo, aun en el más suavizado de los relatos.

Tanzler nació en Dresde, Alemania, el 8 de febrero de 1877. Se recibió de técnico radiólogo. Durante la Primera Guerra vivió en Australia. En la década del 20, cuando tenía más de cuarenta años, se casó en su país con Doris Anna Shafer. Tuvieron dos hijas: Ayesha (en 1922) y Crysta (en 1924; murió diez años después de difteria).

En el acta de matrimonio, quedó registrado como Georg Karl Tanzler. No era la primera vez, ni sería la última, en que cambiaba su nombre.

Inquieto, curioso, trashumante, en 1926 viajó desde Rotterdam, Holanda, hasta Cuba; y desde ahí hasta los Estados Unidos, donde estaba radicada su hermana. Se reencontró con su familia en Zephyrhills, ciudad entre Tampa y Orlando. Al año se fue, solo, a trabajar en el Hospital de la Marina de Key West (Cayo Largo), localidad insular en Florida.

En el hospital se agregó el título de conde: conde Carl von Cosel.

Los títulos nobiliarios estaban en su familia o sus alucinaciones. Ya en sus viajes juveniles por Italia, aseguraba que tenía visiones en las que una tía, la condesa Anna Constantia von Cosel, le había revelado que el amor de su vida sería una mujer exótica, de pelo negro.

Más allá de estos “encuentros”, Tanzler tenía conductas excéntricas. Era una suerte de estrambótico inventor de lo vano. Fabricaba aparatos eléctricos y otros dispositivos inútiles. Es cierto que lo normal no existe, pero él, de vago aspecto freudiano, iría demasiado lejos. ¿Por ejemplo? Reconstruiría un avión –una reliquia militar–, bautizado “Condesa Elaine”, en el que iba a convivir con una mujer muerta.

Encuentro en vida

El 22 de abril de 1930, Tanzler conoció en el hospital a una familia cubana cuya hija padecía tuberculosis, la enfermedad romántica del XIX, todavía letal en la primera mitad del siglo XX. La chica, de 21 años, se llamaba María Elena Milagro-Hoyos. Tanzler, de 53, se convenció de que era la mujer que le había mencionado –en su imaginación– la condesa Von Cosel.

Su minuciosa descripción de Elena, hecha mucho después del primer encuentro, ahorra cualquier análisis o comentario:

“Llevaba un ligero vestido de primavera, cuidadosamente planchado, barato pero típico y bien lucido, con salpicones abstractos de colores y flores sobre fondo blanco. Alrededor de su cuello, un collar iridiscente de perlas artificiales. Tenía piernas esbeltas. Pelo negro, lustroso y largo, que se desplomaba sobre sus suaves y bronceados hombros. Pude evitar su cara, pero no sus turgentes pechos que se dispersaban y caían por culpa de la maldita tos”.

Hoy el caso Tanzler es considerado, mayoritariamente, un ejemplo de necrofilia. Pero en su época muchos consideraron que lo que hizo había sido un acto "romántico".

A pesar de su juventud, Elena se había casado en 1926. Su marido se llamaba Luis Mesa. Luego de un aborto, la abandonó y se fue a Miami. Tiempo después, la tuberculosis comenzó a hacer estragos en la familia de ella: Francisco, padre de Elena, fabricante de habanos y vendedor de tabaco, y Aurora, su madre, estaban desesperados: la enfermedad consumía a su hija menor y amenazaba a las otras dos, Florinda y Celia.

Francisco y Aurora se aferraron a la propuesta de Tanzler -curar a Elena con métodos no convencionales, fuera del hospital de Key West- como a un único elemento flotante en medio de un naufragio.

Desde entonces, esos manotazos de ahogados permitieron que el radiólogo alemán visitara a diario la casa de la familia cubana. Las pruebas incluyeron desde descargas de una bobina de Tesla –transformador resonante patentado en 1891– hasta tratamientos experimentales con rayos X y preparados de distintos jarabes. Tanzler, además, le llevaba regalos a Elena; le demostraba, con escasa ambigüedad, su deseo. Deseo no correspondido.

Después de la muerte

Podría decirse, con ironía pero también con razón, que la muerte los unió. Elena falleció el 28 de octubre de 1931, a los 22 años. Tanzler, que no había logrado salvarla, siguió tomando las decisiones. Pagó el funeral. Obtuvo un permiso de la familia para construir un gran mausoleo en el cementerio de Key West.

Manipuló el féretro y también el cuerpo, al que procuró mantener a salvo de la descomposición aplicándole distintas sustancias, como formaldehído.

En abril de 1933 cruzó todos los límites: profanó la tumba y se llevó los restos de Elena hasta su casa en una carretilla. Como un embalsamador demencial y tardío, trató de reconstruir el cuerpo, muy degradado, usando desde alambres y ganchos hasta harapos de relleno y seda empapada en yeso, con lo que intentó reemplazar la piel.

Le agregó ojos de vidrio, peluca, joyas, guantes, medias.

Puso el cuerpo en el avión que había construido y, después, en su cama. Lo trató con desinfectantes, con cera y con supuestos agentes preservantes. Lo roció, día a día, con perfumes; lo cubrió con un vestido de novia, un velo blanco y coronó su trabajo con una diadema.

Durante los siguientes siete años, a escondidas, hizo lo posible por imitar antiguos procesos de momificación. Convivió con el cadáver de Elena.

El descubrimiento

Tras un tiempo de rumores macabros (superados por la realidad), Florinda denunció que Tanzler se había apropiado del cuerpo de su hermana. Un grupo de policías llegó a la casa, forzó la entrada y, en medio de un olor atroz, encontró lo que parecía una muñeca deforme en la cama. Tanzler fue arrestado de inmediato.

La noticia, con sus polémicas e hipótesis, corrió a través de los medios, en especial el Key West Citizen y el Miami Herald. El radiólogo alemán fue sometido a pericias psiquiátricas: se lo consideró apto para afrontar un juicio, que finalmente se hizo en Florida, con los cargos centrados en la profanación de la tumba y el robo del cuerpo. Un juez terminó liberándolo, bajo fianza, por prescripción de los delitos.

Tanzler mantenía el cadáver de Elena en su cama. Más allá de los intentos de conservación, le puso un vestido de novia, collares y una diadema.

Mucho después, el caso iba a ser considerado un ejemplo claro de necrofilia. Pero en los tiempos posteriores a la liberación del acusado, gran parte de la opinión pública –concepto siempre cuestionable y vidrioso– consideró a Tanzler una especie de protagonista extremo de un amor romántico.

Más: los restos de Elena, estudiados por tanatólogos y patólogos, fueron expuestos a la atracción morbosa colectiva: el cuerpo estuvo exhibido en la funeraria Dean López, que recibió miles de visitas. Finalmente, el cadáver fue regresado al cementerio de Key West y enterrado en un sitio secreto, anónimo, para evitar nuevas profanaciones.

De puño y letra

En 1944, Tanzler se mudó a Pasco County, cerca de Zephyrhills, donde escribió algo así como una autobiografía o un descargo. Presten atención a estos fragmentos:

“Cuando en noviembre de 1940 salí de la cárcel era un hombre amargado. Habían presentado cargos contra mí por violador de tumbas. Y hubo una avalancha de tergiversaciones: me acusaban de ser un pervertido sexual, un demonio social. Lo peor era que me habían quitado el cuerpo de Elena, ese cuerpo que yo había tratado de preservar en su belleza sobrenatural y en la reunión con su alma, y que estuvo conmigo en los esfuerzos científicos de siete años.”

“Con mi vida trastornada, viví durante un tiempo como un recluso entre los escombros de mi laboratorio, utilizando el avión, que había construido para Elena, como refugio. Pero entonces, un inesperado giro de la situación me devolvió a la vida. Descubrí que quedaba decencia humana en este mundo. De todas partes de América y de otros países llegaron cientos de cartas y miles de visitantes vinieron a verme, no por curiosidad ociosa, sino por simpatía humana. A sus ojos, no había cometido ningún crimen. Poco a poco, la fe se recuperó y la esperanza volvió a mi corazón.”

El juicio se focalizó en la profanación de la tumba y en el robo del cuerpo. Tanzler fue liberado, bajo fianza, poco tiempo después. Escribió una especie de autobiografía.

“Es cierto que mis experimentos para resucitar a Elena sólo fueron parcialmente exitosos. Con demasiada frecuencia mi trabajo se vio interrumpido y perturbado por circunstancias externas fuera de mi control. Pero no me rindo. Creo que la invaluable experiencia ya adquirida se presta como una garantía de que los nuevos experimentos podrían coronarse con éxito. El cuerpo de Elena, es cierto, ahora está enterrado, pero su último deseo, que viviéramos juntos, nos ha sido concedido a los dos. Ella está conmigo mientras escribo esto, me aconseja; de hecho, es su mano la que, siento, está guiando mi pluma.”

En 1950, obtuvo la ciudadanía estadounidense como Carl Tanzler von Cosel. Su ex esposa, Doris, lo ayudó en la vejez. Vejez en la que convivió con una especie de muñeca de tamaño natural con una máscara mortuoria que imitaba los rasgos de Elena. Murió el 3 de julio de 1952: fue enterrado bajo el nombre Carl Tanzler. Aun hoy es posible encontrar en internet páginas en las que se habla de él como un romántico.

Fuente: Clarin.com

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