Los hermanos que lograron hacerse ricos desde el fracaso

Desde hace más de una década, los hermanos Jonathan y Drew Scott cumplen los sueños de toda la gente que acude a su programa de televisión para hacer una reforma y alimentan los de los espectadores que lo ven en más de 150 países. Este éxito les permite ganar 7,5 millones de euros al año

Drew y Jonathan descubrieron las alegrías que podría ofrecer el liberalismo a los siete años, cuando animados por su padre forraron perchas de alambre con nailon, que vendían puerta a puerta por 25 centavos, y una mujer les compró miles de ellas para exportarlas a Japón.

Tras acabar el instituto, los hermanos empezaron a comprar casas semiabandonadas para redecorarlas y venderlas, con cuyos beneficios Drew intentaría triunfar como actor en Hollywood y Jonathan produciría espectáculos de magia. Cuando su socio resultó ser un estafador, Jonathan se declaró en bancarrota. Tenía 20 años.

La crisis de 2007 fue devastadora para la clase media en Estados Unidos y Canadá donde nacieron los Scott, pero un bufé libre para tipos como Jonathan y Drew: la gente necesitaba vender sus casas a precios irrisorios, incapaces de pagar su hipoteca, y ahí estaban ellos para rentabilizar el colapso económico mundial.

También en 2007 los reality shows, capitaneados por las Kardashian, se asentaron como la forma de entretenimiento favorita del planeta y así nació La casa de mis sueños, el programa de casas más visto del mundo. Su secreto, según Jonathan, es que "todo el mundo vive en algún lugar". Y algunos necesitan su ayuda.

El programa consiste en que un matrimonio ha decidido que está harto de fantasear con el hogar de sus sueños y que ha llegado el momento de vivir en él. Drew les acompaña a visitar una casa que cumple todos sus deseos solo para indicarles que vale el triple de su presupuesto. Ahí entra Jonathan, quien reconoce que ese sadismo es su parte menos favorita del programa: "Hay formas más amables de decirle a alguien que no tiene suficiente dinero", para proponerles comprar otra, tirada de precio, y reconstruirla por completo.

"Es un contenido seguro", explica Drew en una distribución simplona y tradicional de roles: "No es tan blandengue como para que los tíos no quieran verlo, a los niños les gusta porque siempre hacemos el tonto y las mujeres lo disfrutan porque aprenden auténticos conocimientos de decoración".

Lo que se ve por la tele, sin embargo, se toma ciertas licencias de ficción. Los compradores que solicitan participar en el programa deben acudir con una casa antigua y remodelable ya localizada, de modo que lo de ir a ver una carísima, el rol de Drew como agente inmobiliario y las dudas de los compradores sobre si meterse o no en el proyecto son una pantomima.

También se exige que traigan a un personaje secundario gracioso, un amigo, una suegra, un cuñado, que vaya complementando el relato con comentarios como "¡vaya, menudo desastre!", "vaya, vas a tener que tirar de la cadena con una escalera" o "¡vaya, puedo ver tu dormitorio desde la cocina a través de ese boquete del suelo!". Las sorpresas, las tensiones y las alegrías se graban una y otra vez hasta dar la toma por buena. Como en cualquier reality show, claro, lo importante no es que sea auténtico sino que lo parezca.

La reforma es costeada por los compradores, que además tienen que adelantar un 20% extra para cubrir los imprevistos que, sin duda, complicarán la aventura. Las humedades, las tuberías oxidadas o las paredes inconsistentes que tanta tensión generan entre los matrimonios son contratiempos que los obreros ya detectaron antes de empezar la reforma. Pero deben parecer una sorpresa. Crear dramatismo.

Los compradores deben además elegir si reforman el baño o la cocina (nunca ambos) y el programa solo mostrará la renovación de tres o cuatro estancias. El resto de la casa se apaña fuera de cámara y a un ritmo más lento.

Para tener lista la parte de la casa que se ve al final del capítulo, tres grupos distintos de obreros trabajan en paralelo aunque las cámaras solo muestren al equipo de Jonathan, reseñó El País.

El programa aporta unos 20.000 euros para ayudar al presupuesto y los Scott no cobran por sus servicios. Ni falta que les hace, con un sueldo de 100.000 euros por episodio en una media de 75 episodios anuales.

"Nuestro padre nos dio un consejo cuando éramos pequeños: si la gente te dice que no puedes hacer algo encuentra cinco formas de hacerlo", explica Drew. Y aunque suene a eslogan de autoayuda para tazas de Mr. Wonderful, es comprensible que los Scott crean ciegamente en ese mantra. Desde la bancarrota de Jonathan, todo les ha salido como han querido, incluso cuando se han arriesgado con aventuras profesionales, su imperio no ha hecho más que crecer:

Scott Living, su línea de muebles, generó unos 100 millones durante su primer año. El contenido que producen, que incluye vídeos de tutoriales online donde Linda, la mujer de Drew, muestra cómo fabricar manualmente decoraciones para bodas, tiene más de 100 millones de espectadores al mes y sus appscomo Casaza, un tour virtual por casas de ensueño donde todo está a la venta, atraen 513 millones de usuarios mensuales.

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