El excitante relato de un hombre sobre cómo le hizo el amor a su chica

Por cada piso que el ascensor avanza, me subían las pulsaciones. Me sudan las manos, las ansias se apoderan de mí… Siempre que sé que voy a verla me sucede, su sola presencia ya me altera los sentidos. Cuando el ascensor abre sus puertas en la planta 8, mi rostro saca de la nada una sonrisa; el subconsciente sabe muy bien que es una puerta lo que nos separa.

Subir un piso por las escaleras hace que tenga dos opciones: o me dejo llevar o me dejo llevar. Nunca tengo otra opción. Saqué las llaves y con sigilo abrí la puerta, no quería que escuchase mi llegada.

De puntillas, me fui a su cuarto. La puerta estaba abierta. Me paré en el marco para poder contemplarte sentada frente a la computadora. Llevabas una cola únicamente con una pijama blanca que solo con ver sus piernas me pone cada vez más cachondo, algo inevitable. La tenue luz de la lámpara de mesa le daba al escritorio un ambiente mágico, o seguramente era culpa de su presencia.

Me acerqué tan lento que sabía que no sentiría mis pasos, el corazón se me iba a salir por la boca, y «alguien más» iba a salirse por el cierre del pantalón y, por fin, le abracé. Dio un pequeño suspiro, se había asustado, sus músculos se sentían tensos. Pero eso fue sólo un segundo, el tiempo que mi colonia tardó en llegar a su olfato.

Su cuerpo se relajó por completo y susurró mi nombre. Yo, con la mente literalmente encendida, besé la parte trasera de su cuello y su piel se erizó como respuesta inmediata. Seguí con besos chiquitos hasta llegar al oído donde con una tenue voz susurré: «sorpresa». Sus manos buscaron las mías y ambos sentíamos el temblor del otro.

Recuerdo que seguí con un pequeño mordisco en la parte de atrás de tu cuello justo cuando suspirabas. Le paré de la silla y giró la cabeza hasta que nuestros ojos se encontraron, así estuvimos segundos, mirándonos, hasta que las vibraciones nos acercaron hasta besarnos.

Eran besos suaves pero, poco a poco, subieron de temperatura. Te cargué mientras seguíamos besándonos. Tú pies tenían envuelta toda mi espalda, se notaba que nos deseábamos con locura. Alternamos los besos entre labios y cuellos. Solo se oía el sonido de los labios y los suspiros. Agarrabas la parte de atrás de mi cabello un tanto largo con fuerza. Ya sabía que estaba enloquecida.

Le tumbé en la cama. Me quitó la camisa, botón por botón, con una velocidad asombrosa y te contempla mientras estaba de rodillas en la cama «jugando» a desvertirme. Era una imagen preciosa, en su mirada solo podía percibir lujuria y pasión. Me quité los zapatos y seguimos nuestros besos ahora en la cama.

Mis manos recorrieron cada parte de su pequeño pero divino cuerpo, primero sobre y después bajo la ropa. Así fue como noté que no llevaba ropa interior. Eso, hizo subir aún más mi temperatura corporal, incitando a que perdiera, aún más, el control de mis movimientos.

En uno de esos roces con su cuerpo, noté la humedad de su vagina, fue la gota que derramó el vaso. Le quité ese vestido blanco que tan sexy se le ve, el desorden en la habitación era cada vez mayor y nuestros besos eran cada vez más pasionales.

Sus gemidos eran cada vez más notables. Me empujó para que me incorporara, abrió el botón del pantalón y lanzó hacia abajo el pantalón. Para su sorpresa, yo tampoco llevaba ropa interior. Me miró a los ojos mientras se mordía el labio…

Sus brazos empezaron a acariciarme el torso a la vez que sus labios se comían la parte baja del vientre. Noté un cosquilleo en todo el cuerpo, mientras su artística lengua dibujaba siluetas es mi cuerpo. ¡No aguantaba más! Y ella muy bien lo sabía. Luego, se introdujo mi miembro en la boca. Nunca lo había sentido tan duro, su lengua y manos jugaban cuidadosa y lujuriosamente con él, yo solo cerraba los ojos y disfrutaba.

Mis piernas temblaban hasta que no aguanté más y la volví a tumbar. Subí a darle pequeños mordiscos en sus pezones erectos. Descendí hasta su vientre donde sólo sentía vibraciones acompañadas con contracciones repletos de excitación.. Jugaba con su excitación, sus suspiros me volvieron loco. Bajé a besar su empapada vagina.

Podíamos ya oler el sexo, ese olor maravilloso que cuando se descubre, con una ligera sonrisa  delata a cualquiera. No aguanté la tentación, estábamos calientes y ya no estábamos para juegos. Empecé a lamer su clítoris, estaba muy excitado. Notaba como sus flujos empapaban mi boca. Suspiraba cada vez más rápido hasta que su cuerpo se arqueó y sus piernas apretaron mi cabeza al tiempo que se corría.

Fue brutal, empezamos a besarnos nuevamente como locos, mi miembro estaba cada vez más cerca de la vagina y con ganas de penetrarla hasta decir «basta». Una palabra que sabe muy bien que jamás diré.

Su vagina y mi pene ya se estaban rozando, podíamos notar el calor y palpitar del otro. Un palpitar que hasta un sordo se podía sentir aturdido. Mi cabeza empezó a entrar poco a poco en su vagina. El calor que se sentía era tal que nuestros besos se interrumpían solo por los gemidos. Por fin entró completo, se notaba una presión que jamás antes había sentido.

Empezamos a coger como nunca antes, el sonido que se producía con cada penetración era indescriptible. Estábamos tan cerca del clímax que era prácticamente imposible distinguir cuál era su cuerpo y cuál era el mío. La vagina se le contrajo a la misma vez que yo sentía cómo mi semen se iba acercando a salir de mi cuerpo. Era una bomba a punto de estallar. ¿Lo más rico? Que ambos con una mirada nos dijimos «lleguemos juntos», cosa que finalmente… Acabó sucediendo.

Jadeando, nos miramos, sonreímos y soltamos una risa pícara de complicidad. Nos dimos un beso antes de que me tumbase sobre ti para recuperarme de tal experiencia. Todo terminó con un «te quiero» de ambos en el oído del otro.

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