La cogida más rica del año... (Relato erótico)

Siempre vi a mi vecina como una mujer atractiva, pero nunca pasamos ciertas conversaciones. Coincidíamos casi todas las mañanas al salir a trabajar y, mientras más compartíamos el camino a la oficina, más me costaba evitar mirarla. Había confianza para hablar de mil cosas y no había problemas de ello.

Pasaron días sin vernos... Sabía de ella por terceros mientras cumplía con compromisos típicos de diciembre. Ninguno de los dos pensamos que ambos íbamos a iniciar el 2020 de esa manera: juntos.

Eran las 9 de la noche del día de nochevieja cuando tocó el timbre de mi casa. Era ella. Su vestido amarillo, cabello corto peinado y sonrisa me dejaron idiotizado y con la mente pensando cualquier cantidad de cosas.

-¡Pero qué guapa estás! le susurré al oído, a lo que me contestó al oído ¡gracias!. Entró a casa con un caminar que me hizo verle con ojos que no fuesen llenos de morbo. Estuvo un rato y me invitó a su casa a compartir el inicio del año sin saber lo que iba a pasar. Notó mis miradas, le dije todo sin decir una sola palabra y su manera de rozarme para pasar, para hacer cualquier cosa... Era su respuesta. Sin decir nada, nos estábamos diciendo todo.

Conforme pasó la noche de cierre e inicio de año, eran cada vez más las miradas penetrantes entre ella y yo entre la gente que estaba compartiendo con nosotros. Buscábamos la mano del otro casi en todo momento, hasta que en la mesa cruzó su pierna y empecé a acariciar su muslo con una sutileza y deseo que podía sentir cómo se le erizaba la piel... Era cuestión de tiempo que un volcán hiciera erupción.

-¡Quiero saber qué escondes detrás de tus lentes!, le dije. ¿Su respuesta? Descúbrelo, con una sonrisa -bella por cierto- que decía todo.

Tuvimos que ir a mi casa un par de veces a buscar provisiones para el compartir. Era cada vez más pícara la conversación, me hizo picar un limón -muy mal por cierto- para su trago con esa mujer tan rica entre mis brazos y respirando muy cerca de mi cuello... No podía concentrarme en picar un simple limón. Su olor, su cuerpo... Ya estábamos conscientes que el chispazo surgió y que besarnos era algo inminente. Puso sus brazos en mi cuello y solo le acerqué la boca al punto que quería que soltase todo lo que ya no podíamos contener. Se alzó un poquito para darme ese beso que inició todo. ¡Qué beso me dio! Suave, dulce, tierno y a la vez tan caliente...

A medida que avanzaba la noche, cada uno de los que estaban en su casa fueron cayendo uno a uno a dormir hasta que quedamos ella y yo. Nos fuimos al sofá, ni siquiera un gato podría sentir lo sigilosos que fuimos tocándonos. Literalmente recorrí su espalda con mis manos mientras se me hinchaban los labios de tanto besarla e impregnarme de su divino olor. Sentía cómo su respiración era cada vez más intensa, más gemida... Mi miembro estaba como una roca y, en un abrir y cerrar de ojos, ya le estaba cargando para sostenerla por el culo mientras ella recorría mi pecho con las manos y yo conocía cada peca de su cuerpo. Era una mezcla de deseo con sutileza, algo casi imposible de describir. Luego, ella fue al baño y me fui a la ventana a ver cómo se acercaba el amanecer y el momento de perder el control.

¡Qué rico... Que besos tan ricos! me decía al oído. No había manera de "huir" uno del otro y tampoco deseábamos escapar. Sonreía mientras conocía su cuerpo, le gustaba cada vez más la forma en que le tomaba. Nos fuimos a la cama. Duramos un buen rato comiéndonos a besos mientras conocía todos los lunares de su cuerpo. Empezamos a quitarnos la ropa, sintió cierto miedo... También yo. Nos dejamos llevar.

Sufrí un poco para quitarle el sostén mientras se reía. ¡Estaba excitadísimo!. Le fui quitando lentamente toda la ropa para besar su cuello. Besé sus senos con unas ganas, le encantó que le mordiese suavemente los pezones... Bajé hasta su ombligo y mientras besaba lentamente su vientre hasta llegar a la vagina y mis manos tocando hasta su sombra, se excitaba más y más. Conocí todo su cuerpo. Le hice sexo oral lento y saboreé su fluido. Los gemidos eran más intensos y solo pensaba en el placer que sentíamos. Me acosté sobre ella, besándola hasta hincharnos la boca y poniendo mi miembro sobre su vulva, sin entrar -aún-. Quería que conociera y pidiera a gritos lo que estaba por sentir. 

No todo fui yo. Me insinuó para que me acostase en la cama y ella sobre mí. Ni corto ni perezoso, acepté su silenciosa y caliente propuesta. Besó, literal, todo mi cuerpo. Tomó mis manos para hacerme su sumiso mientras besaba mi pecho. Me soltó para acariciarla mientras me hacía un sexo oral que ¡me volvió loco!. Qué mujer, en todo el sentido de la palabra. Qué mujer. 

¡Quien te viese tan tranquilita, le susurré!. Ella reía traviesamente. Conforme salía el sol y avanzaba la mañana, seguíamos comiéndonos uno al otro no una sino dos veces. La penetré lentamente solo para que sintiera cómo todo mi miembro y mi cuerpo le llenaba de placer... Sus lentes fueron a parar al piso del cuarto y ni nos enteramos. Me atreví a darle una nalgada que lo único que hizo fue excitarla todavía más. Habíamos descubierto qué cosas nos estaba gustando uno del otro mientras nos hacíamos el amor... 

¡Qué rico, sigue... Me encantas! Me decía mientras miraba a mis ojos, llegando una y muchas veces más. Sentirla cómo llegaba en mi miembro porque no usamos condón, mi sonrisa de excitación, de placer y de pasión hablaba por mí. Ya no podía más.

¿Quieres que acabe? Sí, me dijo agarrándome el culo con una fuerza que me mandaba mensajes de cómo quería que la penetrara. Cada vez le daba más fuerte, más intenso, sentía que me iba a venir con ella al mismo tiempo, lo que me excitaba todavía más... Acabamos a chorros, empapados de sudor, felices, con mayores ganas de uno hacia el otro y con unas ganas de sentirnos. ¡Y seguimos sintiéndonos!. Desde entonces, la chispa entre ambos cada vez crece más. 

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