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    ¿Ya tienes el tuyo? En tiempo de pandemia los mayores ganadores han sido los juguetes sexuales

    Clarín refiere que la cuarentena tuvo un efecto devastador para la mayoría de los negocios. No es el caso de los sexshops. En un año complicado para concretar nuevos vínculos sexoafectivos y desafiante para las parejas que conviven, crecieron las consultas y ventas. Dildos, consoladores, “succionadores”; de distintos tamaños, colores y hasta en versión digital.

    La industria de los juguetes sexuales no es nueva. Nació en los sesenta, explotó en los ochenta y ya no hay que acudir a locales oscuros, en el fondo de las galerías: hoy, incluso las farmacias ofrecen productos básicos. Sin embargo, estos artefactos, que muchas personas guardan en el cajón del placard, tienen un recorrido largo y complejo. Lejos de la liberación sexual -para la cual pueden ser aliados fundamentales-, sus orígenes están marcados por la desigualdad entre los géneros.

    Cuando, a mediados de 1977, la historiadora estadounidense Rachel Maines encontró publicidades de vibradores en revistas de fines del siglo XIX, se repetía a sí misma que era una “malpensada”. No imaginaba que terminaría abandonando su objeto de estudio inicial (la historia del bordado) para publicar, veinte años más tarde, el libro La tecnología del orgasmo. Allí, no solo demostró que los vibradores formaban parte de los consultorios médicos hace más de un siglo, sino que fueron el quinto aparato eléctrico creado para el hogar: aproximadamente, diez años antes que la aspiradora, la plancha y la freidora.

    Al principio, no tenían como objetivo el placer. Menos aún, el placer femenino. Se usaban, en cambio, como remedio para la “histeria”: una supuesta enfermedad, que hasta la actualidad encabeza la lista de los insultos más comunes hacia las mujeres.

    La definición es “clásica”, en el sentido más estricto (e histórico) del término. La autora cuenta que se diagnosticó desde la época de Hipócrates, en el siglo IV a. C., hasta 1952, cuando fue borrada del manual de la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos. Platón la menciona en Timeo, como consecuencia “de úteros errantes que buscaban atención”; al igual que Galeno, para quien se trataba de una “afección de las viudas”.

    “Los síntomas eran tan diversos que podían describir casi cualquier tipo de malestar o descontento. El insomnio, la sensación de pesadez en el abdomen, la ansiedad o la lectura ‘excesiva’ de novelas, por ejemplo. La mayoría de los médicos coincidían en que solo las mujeres podían ser ‘histéricas’. No es raro, ya que la palabra deriva de ‘hister’, alocución griega para el útero”, explica Maines a Clarín.

    Los masajes pélvicos como cura para las “histéricas” también datan de la antigüedad. Pero, con la Revolución industrial, estos comenzaron a realizarse a través de instrumentos electromecánicos. Así surgieron los “vibradores”. O, por lo menos, sus antecesores. Los primeros fueron patentados en Estados Unidos, operaban a vapor y, de acuerdo con la especialista, eran estorbosos y pesados. En 1880, el inglés Joseph Mortimer Granville creó uno con baterías y aditamentos intercambiables. Él lo recomendaba para los músculos esqueléticos del hombre, pero los doctores lo usaban en pacientes mujeres. Para el 1900 había diversos modelos de uso personal.

    Está claro que los hombres que los inventaron y recetaron no pensaban en el deseo femenino, sino que reforzaban jerarquías de poder. ¿Y ellas? “Personalmente, creo que muchas de las mujeres de principios del siglo XX compraron vibradores, conociendo sus usos sexuales. Los vibradores aparecieron tempranamente en la pornografía. Como menciono en el libro, muchas publicidades parecían insinuar que uno de sus usos era alcanzar el placer”, responde Maines.

    Y agrega: “La mayoría de nosotras aprendió un modelo androcéntrico de la sexualidad, según el cual el sexo ‘real’ es el coito heterosexual, que culmina con el orgasmo masculino. Su característica más conspicua (y, en mi opinión, la más cuestionable) es que el orgasmo femenino es irrelevante para él”. En este sentido, alude a una “brecha orgásmica”, como consecuencia de concepciones machistas y heteronormativas, centradas en los genitales y la reproducción. “Creo que se requieren al menos dos generaciones más, antes de que superemos las barreras sociales y culturales, que impiden que hombres y mujeres hablen honestamente entre sí sobre la reciprocidad orgásmica”, reflexiona la experta.

    Yanina y Ana son dueñas de Amarea, una tienda erótica, con perspectiva feminista. “Esto implica romper con el coitocentrismo, repensar nuestros vínculos, el consentimiento en las relaciones, difundir otras maneras de dar y recibir placer, cuestionar los tabúes. Hasta hace unos pocos años no se conversaba tanto acerca de la masturbación femenina. Muchas de estas cuestiones en torno a la sexualidad son propias de la cultura patriarcal, que ha encontrado su gran expresión en el porno mainstream”, afirman. Su sexshop es virtual y, en su Instagram, comparten contenido para educar y “democratizar el placer”.

    En el primer trimestre de la cuarentena, sus ventas se duplicaron, al igual que las preguntas recibidas. Como contracara, una encuesta que realizaron arrojó que el 50% de los participantes experimentó una importante baja del deseo sexual. “Sabemos que la masturbación es una práctica que también alivia el estrés y muchas personas encontraron allí una manera de lidiar con esta situación, de brindarse momentos de autoexploración y placer”, concluyen.

    Miguel Ángel Huarte, CEO del sexshop Buttman, resalta que la masturbación y el autoconocimiento “forman parte de una sexualidad saludable”. Por eso sostiene que, aunque existan regiones y sectores en los cuales prima el prejuicio, cada vez se expone más abiertamente el tema y la tendencia es a una aceptación creciente.

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    Maines constató que todos los estudios relevantes, desde 1920, sugieren que menos de un tercio de las mujeres consigue orgasmos a través del coito. No casualmente, los pedidos que más llegan a Buttman, por parte de mujeres, pertenecen a la línea “satisfyer”, que utiliza una tecnología de onda de presión sin contacto, proporcionando succión y pulsaciones: similar a las sensaciones generadas por el sexo oral.

    Los vibradores también son muy requeridos, al igual que los estimuladores dobles (para clítoris y ‘punto G’). Los últimos integrantes de este “top 3” son los anillos peneanos, que, en el caso de las parejas heterosexuales, contribuyen a que el hombre mantenga la erección por más tiempo, mientras estimula el clítoris; además, tienen una “bala” que las mujeres pueden usar de forma independiente en las zonas erógenas. La mayoría de las clientas de la marca tienen entre 25 y 55 años, y buscan juguetes para usar solas o acompañadas.

    “La cuestión de los juguetes sexuales adquiere una visibilidad cada vez mayor, porque la mujer se dio cuenta de que no tiene que pedir permiso para sentir placer”. Quien habla es la ginecóloga y sexóloga Florencia Salort. Para esta verdadera influencer en el área (con más de 155 mil seguidoras y seguidores en su cuenta de Instagram @flordegineco), el movimiento de empoderamiento y la lucha por la equidad “pusieron en evidencia que tenemos las armas, los recursos y la autonomía para provocar nuestros orgasmos”.

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    La profesional destaca que desde el Estado se hablara directamente sobre la importancia de la masturbación durante la pandemia. “Ir físicamente a los sexshops todavía les cuesta a muchas, por los mandatos sociales o lo que pueda pensar la persona que vende. Las redes sociales también ayudaron”, completa. Para ella, los accesorios pueden ser socios privilegiados del goce personal y de pareja; una “pimienta” extra, que muchos hombres rechazan, por el temor a que los reemplacen.

    “Culturalmente siempre se aplaudió a la masturbación masculina y al pene erecto, pero a las mujeres se les limita desde muy chicas. El 30% nunca tuvo un orgasmo y el 25% jamás se tocó. Muchas de nosotras no agarramos un espejo para mirar nuestras vulvas. El juguete puede representar una alternativa para esta indagación sobre nuestros propios cuerpos”. Salort subraya que los gustos varían individualmente, pero que la sexualidad se aprende y se educa. En esta era, las mujeres están aprendiendo que no hay guía, ni obligación de satisfacer a nadie más.

    El consentimiento es el punto de partida, pero ¿alcanza? “El ‘no es no’, por sí solo, no basta para tener un encuentro sexual placentero”, acota María del Mar Ramón, autora de Coger y comer sin culpa. El placer es feminista. “No se trata de expresar pasivamente lo que no queremos, sino de verbalizar lo que nos gusta”. La masturbación femenina es uno de los ejes centrales de su libro. Allí problematiza la desgenitalización de las prácticas sexuales, el paradigma penetrativo, los libretos del sexo y las “coreografías morales”. “Me parece central llevar las pajas de las mujeres al ámbito público, para que se naturalicen y se promuevan. Ocurren desde siempre, pero en ‘voz baja’. Incluso desde lo lingüístico, se las suele asociar a lo masculino”, relata. En una ocasión, una compañera le planteó la necesidad de inventar un nuevo término. Ella decidió “apropiarse de la paja”.

    Entiende el boom de nuevos juguetes sexuales destinados a las personas con vulva como una influencia del feminismo sobre el mercado. “Estos diseños son un síntoma de que nos estamos animando a tecnificar nuestra masturbación y volverla una práctica más divulgada”. Aclara que “todavía trasladamos ciertas inequidades de nuestra vida pública a nuestra vida privada y nuestras camas” y que nos pesan las representaciones patriarcales del sexo. Pero, a la vez, vislumbra cambios disruptivos, cuyos resultados no se pueden predecir. Usa como ejemplo la expansión del sexting -en tiempos de pandemia y antes también-: una forma de manifestar la sexualidad, alejada del silencio al que se la relegó históricamente.

    María del Mar propone desterrar la idea de que hablar no es una práctica “hot” y que las personas se adueñen de “las palabras cochinas y guarras”. “Las narrativas del placer de los cuerpos feminizados están tomando más valor, porque estamos hablando desde nuestra propia experiencia”, resalta.

    Durante milenios, fueron los hombres quienes dictaminaron sobre la sexualidad femenina, tanto en un sentido anatómico como social. La académica Kate Lister, autora de Una historia curiosa del sexo, llamó a esto uno de los mayores “actos de mansplaining” de la historia. Las feministas de los sesenta y setenta denunciaban que la falta de información sobre sus propios cuerpos habilitaba abusos de poder, por parte de los varones y la industria médica. Retomando esta tradición, los feminismos y las disidencias pelean por mayores libertades sexuales y reproductivas. Pese a los avances, todavía queda un largo camino a recorrer. Las “histéricas” siguen reclamando su derecho al placer. Clarin.com

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